MissMagners

le monde c'est un collage

Archivar para el mes “febrero, 2013”

La Colmena

1

—No perdamos la perspectiva, yo ya estoy harta de decirlo, es lo único importante.
Doña Rosa va y viene por entre las mesas del Café, tropezando a los clientes con su tremendo trasero. Doña Rosa dice con frecuencia “leñe” y “nos ha merengao”. Para doña Rosa, el mundo es su Café, y alrededor de su Café, todo lo demás. Hay quien dice que a doña Rosa le brillan los ojillos cuando viene la primavera y las muchachas empiezan a andar de manga corta. Yo creo que todo eso son habladurías: doña Rosa no hubiera soltado jamás un buen amadeo de plata por nada de este mundo. Ni con primavera ni sin ella. A doña Rosa lo que le gusta es arrastrar sus arrobas, sin más ni más, por entre las mesas. Fuma tabaco de noventa, cuando está a solas, y bebe ojén, buenas copas de ojén, desde que se levanta hasta que se acuesta. Después tose y sonríe. Cuando está de buenas, se sienta en la cocina, en una banqueta baja, y lee novelas y folletines, cuanto más sangrientos, mejor: todo alimenta. Entonces le gasta bromas a la gente y les cuenta el crimen de la calle de Bordadores o el del expreso de Andalucía.
—El padre de Navarrete, que era amigo del general don Miguel Primo de Rivera, lo fue a ver, se plantó de rodillas y le dijo: “Mi general, indulte usted a mi hijo, por amor de Dios”; y don Miguel, aunque tenía un corazón de oro, le respondió: “Me es imposible, amigo Navarrete; su hijo tiene que expiar sus culpas en el garrote”.
—”¡Qué tíos! —piensa—, ¡hay que tener ríñones!” Doña Rosa tiene la cara llena de manchas, parece que está siempre mudando la piel como un lagarto. Cuando está pensativa, se distrae y se saca virutas de la cara, largas a veces como tiras de serpentinas. Después vuelve a la realidad y se pasea otra vez, para arriba y para bajo, sonriendo a los clientes, a los que odia en el fondo, con sus dientecillos renegridos, llenos de basura.
Don Leonardo Meléndez debe seis mil duros a Segundo Segura, el limpia. El limpia, que es un grullo, que es igual que un grullo raquítico y entumecido, estuvo ahorrando durante un montón de años para después prestárselo todo a don Leonardo. Le está bien empleado lo que le pasa. Don Leonardo es un punto que vive del sable y de planear negocios que después nunca salen. No es que salgan mal, no; es que, simplemente, no salen, ni bien ni mal. Don Leonardo lleva unas corbatas muy lucidas y se da fijador en el pelo, un fijador muy perfumado que huele desde lejos. Tiene aires de gran señor y un aplomo inmenso, un aplomo de hombre muy corrido. A mí no me parece que la haya corrido demasiado, pero la verdad es que sus ademanes son los de un hombre a quien nunca faltaron cinco duros en la cartera. A los acreedores los trata a patadas y los acreedores le sonríen y le ademanes son los de un hombre a quien nunca faltaron cinco duros en la cartera. A los acreedores los trata a patadas y los acreedores le sonríen y le miran con aprecio, por lo menos por fuera. No faltó quien pensara en meterlo en el juzgado y empapelarlo, pero el caso es que hasta ahora nadie había roto el fuego. A don Leonardo, lo que más le gusta decir son dos cosas: palabritas del francés, como, por ejemplo, “madame” y “rué” y “cravate”, y también “nosotros los Meléndez”. Don Leonardo es un hombre culto, un hombre que denota saber muchas cosas. Juega siempre un par de partiditas de damas y no bebe nunca más que café con leche. A los de las mesas próximas que ve fumando tabaco rubio les dice, muy fino: “¿Me da usted un papel de fumar? Quisiera liar un pitillo de picadura, pero me encuentro sin papel”. Entonces el otro se confia: “No, no gasto. Si quiere usted un pitillo hecho…” Don Leonardo pone un gesto ambiguo y tarda unos segundos en responder: “Bueno, fumaremos rubio por variar. A mí la hebra no me gusta mucho, créame usted”. A veces el de al lado le dice no más que “no, papel no tengo, siento no poder complacerle”, y entonces don Leonardo se queda sin fumar.
Acodados sobre el viejo, sobre el costroso mármol de los veladores, los clientes ven pasar a la dueña, casi sin mirarla ya, mientras piensan, vagamente, en ese mundo que, ¡ay!, no fue lo que pudo haber sido, en ese mundo en el que todo ha ido fallando poco a poco, sin que nadie se lo explicase, a lo mejor por una minucia insignificante. Muchos de los mármoles de los veladores han sido antes lápidas en las Sacramentales; en algunos, que todavía guardan las letras, un ciego podría leer, pasando las yemas de los dedos por debajo de la mesa: “Aquí yacen los restos mortales de la señorita Esperanza Redondo, muerta en la flor de la juventud”, o bien “R. I. P. el Excmo. Sr. D. Ramiro López Puente. Subsecretario de Fomento”.
Los clientes de los Cafés son gentes que creen que las cosas pasan porque sí, que no merece la pena poner remedio a nada. En el de doña Rosa, todos fuman y los más meditan, a solas, sobre las pobres, amables, entrañables cosas que les llenan o les vacían la vida entera. Hay quien pone al silencio un ademán soñador, de imprecisa recordación, y hay también quien hace memoria con la cara absorta y en la cara pintado el gesto de la bestia ruin, de la amorosa, suplicante bestia cansada: la mano sujetando la frente y el mirar lleno de amargura como un mar encalmado.

 

La Colmena
Camilo José Cela

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Las ardillas de Central Park están tristes los lunes

PRIMERA PARTE

Hortense sujetó la botella de champaña por el cuello y la volcó dentro de la cubitera. La botella estaba llena e hizo un ruido extraño. El golpe del cristal contra la pared metálica, el crepitar de los cubitos de hielo triturados, y después un borboteo, seguido de un petardeo de burbujas que estallaron en la superficie formando una espuma traslúcida.
El camarero, vestido con chaqueta blanca y pajarita negra, arqueó una ceja.
—¡Este champaña es un asco! —gruñó Hortense en francés, mientras daba un golpecito al culo de la botella—. Cuando alguien no puede permitirse una buena marca, no debería servir otra que revuelva las tripas…
Cogió una segunda botella y repitió su acto de sabotaje.
El rostro del camarero enrojeció. Miraba estupefacto cómo la botella se vaciaba lentamente y parecía preguntarse si debía dar la voz de alarma. Lanzó una mirada circular, buscando un testigo del vandalismo de esa chica, que derramaba botellas mientras profería insultos. Estaba sudando, y las gotas resaltaban el rosario de forúnculos que adornaba su frente. Otro paleto inglés de los que babean delante de cualquier zumo de uva que tenga gas, se dijo Hortense mientras se alisaba un mechón rebelde que se recogió detrás de la oreja. Él no dejaba de mirarla, dispuesto a agarrarla por la cintura si seguía con lo que estaba haciendo.
—¿Es que tengo monos en la cara?
Esa noche tenía ganas de hablar francés. Esa noche tenía ganas de poner bombas. Esa noche necesitaba despellejar a algún inocente, y ese camarero tenía todas las papeletas para que le diesen el papel de víctima. Hay gente así, a la que dan ganas de pinchar hasta hacerle sangre, de humillarla, de torturarla. Había nacido en el lugar equivocado. Le habían tocado malas cartas.
—¡Anda que no eres feo! ¡Me haces daño a la vista, con esas bombillas rojas plantadas en la frente!
El camarero tragó saliva, se aclaró la garganta y soltó:
—¿Eres siempre así de rastrera o estás haciendo un esfuerzo especial para mí?
—¿Eres francés?
—De Montélimar.
—El nougat [1] es malo para los dientes… y para la piel. Deberías dejarlo, te van a explotar las pústulas…
—¡Oye, gilipollas! ¿Qué te has tragado hoy para estar tan asquerosa?
Una humillación. Me he tragado una humillación y todavía no me lo creo. Se ha atrevido a hacerlo. Delante de mis narices, como si yo fuera transparente. Me dijo…, ¿qué fue lo que me dijo?…, y me lo creí. Me levanté las faldas y salí a correr los cien metros en menos de ocho segundos. Soy tan gilipollas como este tío rosáceo, lleno de granos y con cara de nougat.
—Porque, normalmente, cuando la gente es agresiva es porque no es feliz…
—Vale ya, Padre Pío, quítate la sotana y sírveme una Coca-Cola…
—¡Espero que el que te ha puesto en ese estado te siga haciendo sufrir mucho tiempo!
—¡Vaya, un psicólogo experto! ¿Eres tirando a lacaniano o a freudiano? ¡Cuéntamelo, anda, que tu conversación por fin se está volviendo apasionante!
Cogió el vaso que el camarero le tendía, lo levantó hacia él para brindar y se alejó cabeceando entre la multitud de invitados. ¡Vaya suerte que tengo! ¡Un francés! Repugnante y sudoroso. Vestimenta obligatoria: pantalón negro, camisa blanca, sin joyas y el pelo peinado hacia atrás. Gana cinco libras por hora y le tratan como a un perro sarnoso. Un estudiante en busca de algún dinero extra, o un pelagatos huyendo de las treinta y cinco horas semanales para ganar un montón de pasta. Puedo elegir. El único problema es que no me interesa. Para nada. ¡No invertiría trescientos euros en un par de zapatos por él! ¡Ni siquiera me compraría los cordones!
Estuvo a punto de tropezar, no perdió el equilibrio por los pelos, se miró la suela del zapato, y constató que un chicle rosa coronaba la punta del tacón de baquelita malva de su manoletina roja de piel de cocodrilo.
—¡Lo que me faltaba! —exclamó—. ¡Mis Dior recién estrenadas!
Había ayunado cinco días para comprárselas. Y le había diseñado una decena de ojales a su compañera Laura.
Vale, ya lo he pillado, ésta no es mi noche. Me voy a ir a la cama antes de que las palabras «reina de las bobas» queden impresas en mi frente. ¿Qué fue lo que me dijo? ¿Vas a ir a casa de Sybil Garson este sábado? Va a ser una fiesta alucinante. Podríamos quedar allí. Ella había aparentado indiferencia, pero había tomado nota de la fecha y de su expresión. Quedar significaba volver juntos, del brazo. Valía la pena pensárselo. Había estado a punto de contestar ¿vas solo o con la Peste? Pero se había contenido a tiempo —lo más importante era no admitir la existencia de Charlotte Bradsburry, ignorarla, ignorarla— y había empezado a tramar la forma de hacer que la invitaran. Sybil Garson, icono de la prensa del corazón, inglesa de alta cuna, elegante por naturaleza, arrogante por naturaleza, que no invitaba a su casa a ninguna criatura extranjera —y menos aún francesa— a no ser que se llamase Charlotte Gainsbourg, Juliette Binoche o llevase colgado del brazo al fabuloso Johnny Depp. Yo, Hortense Cortès, plebeya, desconocida, pobre y francesa, no tengo la más mínima oportunidad. A no ser que me enfunde el delantal blanco de hacer horas extras y me ponga a repartir salchichas. ¡Antes muerta!

Las ardillas de Central Park están tristes los lunes
Katherine Pancol

El vals lento de las tortugas

PRIMERA PARTE

Vengo a buscar un paquete —declaró Joséphine Cortès acercándose a la ventanilla de la oficina de correos, en la calle Longchamp del distrito dieciséis de París.
—¿Francia o extranjero?
—No lo sé.
—¿A nombre de quién?
—Joséphine Cortès… C.O.R.T.È.S…
—¿Tiene usted el aviso de llegada?
Joséphine Cortès le tendió el impreso amarillo de entrega.
—¿Documento de identidad? —preguntó con tono cansino la empleada, una rubia teñida con un cutis cenizo que parpadeaba en el vacío.
Joséphine sacó su carné de identidad y lo colocó bajo la mirada de la encargada, que había entablado una conversación sobre un nuevo régimen a base de col lombarda y rábano negro con una compañera. La empleada cogió el carné, levantó una nalga y después la otra y bajó del taburete masajeándose los riñones.
Fue balanceándose hacia un pasillo y desapareció. La minutera negra avanzaba sobre el cuadrante blanco del reloj de pared. Joséphine sonrió abochornada a la cola que se formaba tras ella.
No es culpa mía si han enviado mi paquete a un sitio donde no lo encuentran, parecía excusarse ella encorvando la espalda. No es culpa mía si ha pasado por Courbevoie antes de llegar aquí. Y sobre todo, ¿de dónde puede venir? ¿De Shirley quizás, desde Inglaterra? Pero ella conoce mi nueva dirección. No sería extraño que fuese cosa de Shirley, que le enviara ese famoso té que compra en Fortnum & Mason, un pudín y calcetines gruesos, para poder trabajar sin tener frío en los pies. Shirley dice siempre que no existe el amor sino los detalles de amor. El amor sin los detalles, añade, es el mar sin la sal, los caracoles de mar sin mayonesa, una flor sin pétalos. Echaba de menos a Shirley. Se había ido a vivir a Londres con su hijo, Gary.
La empleada volvió sosteniendo un paquete del tamaño de una caja de zapatos.
—¿Colecciona usted sellos? —preguntó a Joséphine encaramándose al taburete que chirrió bajo su peso.
—No…
—Yo sí. ¡Y puedo decirle que éstos son magníficos!
Los contempló parpadeando, después le tendió el paquete a Joséphine, que descifró su nombre y su antigua dirección en Courbevoie en el papel rudimentario que servía de embalaje. El lazo, igual de tosco, tenía las puntas deshilachadas formando una guirnalda de pompones sucios, a fuerza de haber pasado mucho tiempo en los estantes de correos.
—Como usted se ha mudado, no lo localizaba. Viene de lejos. De Kenya. ¡Ha hecho un largo viaje! Y usted también…
Lo había dicho en tono sarcástico y Joséphine se ruborizó. Balbuceó una excusa inaudible. Si se había mudado, no era porque ya no apreciara su extrarradio, oh, no, le gustaba Courbevoie, su antiguo barrio, su piso, el balcón con el pasamanos oxidado y, para ser sincera, no le gustaba nada su nueva dirección, allí se sentía extranjera, desplazada. No, si se había mudado, era por culpa de su hija mayor, Hortense, que ya no soportaba vivir en las afueras. Y cuando a Hortense se le metía una idea en la cabeza, no te quedaba otro remedio que llevarla a cabo, porque si no te fulminaba con su desprecio. Gracias al dinero que Joséphine había ganado con los derechos de autor de su novela, Una reina tan humilde, y a un importante préstamo bancario, había podido comprar un hermoso piso en un buen barrio. Avenida Raphaël, cerca de la Muette. Al final de la calle de Passy y de sus tiendas de lujo, junto al Bois de Boulogne. Mitad ciudad, mitad campo, había subrayado, con énfasis, el hombre de la agencia inmobiliaria. Hortense se había lanzado al cuello de Joséphine, «¡gracias, mamaíta, gracias a ti, voy a revivir, me voy a convertir en una auténtica parisina!».
—Si fuera por mí, me habría quedado en Courbevoie —murmuró Joséphine confusa, notando cómo le ardían las puntas de las orejas enrojecidas.
Esto es nuevo, antes no me ruborizaba por cualquier tontería. Antes estaba en mi sitio. Aunque no siempre me sintiera cómoda, era mi sitio.
—En fin…, ¿se queda con los sellos?
—Es que tengo miedo de estropear el paquete si los corto…
—No importa, ¡déjelo correr!
—Se los traeré, si quiere.
—¡Ya le digo que no tiene importancia! Lo decía por decir, porque me han parecido bonitos a simple vista…, ¡pero ya me he olvidado de ellos!
Miró a la siguiente persona de la cola e ignoró ostensiblemente a Joséphine que volvió a guardar el carné de identidad en el bolso, antes de ceder el sitio y dejar la oficina.
Joséphine Cortès era tímida, a diferencia de su madre y de su hermana, que se hacían querer o imponían su autoridad con una mirada, con una sonrisa. Ella tenía una forma de pasar desapercibida, de pedir perdón por estar ahí, que la llevaba al extremo de tartamudear o enrojecer. Por un momento había creído que el éxito iba a ayudarle a tener confianza en sí misma. Su novela, Una reina tan humilde, seguía encabezando las listas de ventas más de un año después de su publicación. El dinero no le había aportado ninguna confianza. Incluso había terminado odiándolo. Había cambiado su vida, sus relaciones con los demás. La única cosa que no ha cambiado es la relación conmigo misma, suspiró, buscando con la mirada una cafetería donde poder sentarse y abrir el misterioso paquete.
Tiene que existir algún medio de ignorar ese dinero. El dinero elimina la angustia ante la amenaza del día de mañana, pero en cuanto se amontona, se convierte en un incordio agobiante. ¿Dónde invertirlo? ¿A qué tipo de interés? ¿Quién va a administrarlo? Yo seguro que no, admitió Joséphine mientras cruzaba por el paso de cebra y esquivaba una moto por los pelos. Le había pedido a su banquero, el señor Faugeron, que lo guardase en su cuenta y le entregase una suma cada mes, una suma que ella juzgaba suficiente para vivir, pagar los impuestos, comprarse un coche nuevo y cubrir los gastos de escolarización y del día a día de Hortense en Londres. Hortense sabía utilizar el dinero. A ella con toda seguridad no le produciría vértigo recibir los extractos bancarios. Joséphine se había resignado: su hija mayor, a los diecisiete años y medio, se desenvolvía mejor que ella, a los cuarenta y tres.

 

El vals lento de las tortugas
Katherine Pancol

Los ojos amarillos de los cocodrilos

PRIMERA PARTE

«Joséphine dejó escapar un grito y soltó el pelador. La hoja había resbalado sobre la patata produciéndole un gran corte en la piel, en el nacimiento del puño. Sangre, había sangre por todos lados. Se miró las venas azules, la incisión roja, el fregadero blanco, el barreño de plástico amarillo en el que permanecían, blancas y relucientes, las patatas peladas. Las gotas de sangre caían de una en una, salpicando el revestimiento blanco. Apoyó las manos en el borde de la pila y se echó a llorar.
Necesitaba llorar. No sabía por qué. Tenía demasiadas buenas razones. Ésta serviría. Buscó un trapo con la mirada, lo cogió y lo comprimió sobre la herida. Me voy a convertir en fuente, en fuente de lágrimas, fuente de sangre, de suspiros, voy a dejarme morir.
Sería una solución. Dejarse morir, sin decir nada. Se apagaría como una vela que se agota.
Dejarse morir erguida sobre la pila. No morimos erguidos, rectificó enseguida, morimos tumbados o arrodillados, la cabeza dentro del horno o en la bañera. Había leído en el periódico que el método de suicidio más corriente en las mujeres era el de tirarse por una ventana. Los hombres prefieren colgarse. ¿Por la ventana? Nunca podría hacerlo. Pero desangrarse llorando, ignorar si el líquido que sale de una es rojo o blanco. Dormirse lentamente. Entonces… ¡suelta el trapo y mete los puños en la pila! Y aún así, aún así… tendrías que quedarte de pie, y no morimos de pie.
Salvo en combate. En las guerras…
Y aún no estamos en guerra.
Suspiró, se colocó el trapo en la herida, enjugó sus lágrimas y miró su reflejo en la ventana. Todavía tenía el lápiz enganchado en el pelo. ¡Venga! —se dijo—. ¡Pela patatas! ¡Ya pensarás después en lo demás!

* * *

Esa mañana de finales de mayo, en la que el termómetro marcaba veintiocho grados a la sombra, en el quinto piso, resguardado bajo el toldo del balcón, un hombre jugaba al ajedrez. Solo. Reflexionaba ante el tablero. Para hacerlo lo más verídico posible incluso se cambiaba de sitio y, al hacerlo, se amparaba en una pipa que empezaba a aspirar. Se inclinaba, resoplaba, levantaba una pieza, la volvía a soltar, resoplaba de nuevo, volvía a coger la pieza, la desplazaba, movía la cabeza, soltaba la pipa y se sentaba en el otro lado.

Era un hombre de estatura mediana, de aspecto muy cuidado, pelo castaño y ojos marrones. El pliegue de su pantalón caía recto, sus zapatos brillaban como recién salidos de la caja, la camisa remangada dejaba ver unos antebrazos y unos puños finos, y las uñas lucían el pulido y el brillo que sólo se consigue a partir de una concienzuda manicura. Su piel estaba teñida de un ligero bronceado, que se adivinaba permanente, y completaba su imagen de persona rubia. Se parecía a esos recortables de cartón vestidos con calcetines y ropa interior de los juegos infantiles y que podían vestirse con todo tipo de trajes: piloto de aviación, cazador, explorador… Era un hombre de esos que podían meterse en el decorado de un catálogo para inspirar confianza y subrayar la calidad del mobiliario expuesto.
De pronto, una sonrisa iluminó su rostro. «Jaque mate —murmuró a su imaginario adversario—. ¡Ay, amigo! ¡Estás perdido! ¡Apuesto a que ni siquiera lo has visto venir!». Satisfecho, se dio un apretón de manos a sí mismo y moduló su voz para dirigirse algunas felicitaciones. «¡Bien jugado, Tonio! Has estado muy bien».
Se levantó, se estiró frotándose el pecho y decidió servirse una copita aunque no fuera la hora. Normalmente tomaba un aperitivo hacia las seis y diez, por la tarde, mientras veía «Cuestión para un campeón». El programa de Julián Lepers se había convertido en una cita que aguardaba con impaciencia. Le irritaba perdérselo. A las cinco y media ya estaba esperándolo, anhelando conocer a los cuatro concursantes con los que iba a medirse. También quería saber qué traje llevaría el presentador, y la camisa y la corbata con las que lo combinaría. Se decía que debería tentar a la suerte e inscribirse. Se lo decía cada tarde, pero no hacía nada. Habría tenido que pasar pruebas eliminatorias, y había algo en esas dos palabras que le desalentaba.

Los ojos amarillos de los cocodrilos
Katherine Pancol

El prisionero del cielo

Primera parte

UN CUENTO DE NAVIDAD

1

Barcelona, diciembre de 1957
Aquel año a la Navidad le dio por amanecer todos los días de plomo y escarcha. Una penumbra azulada teñía la ciudad, y la gente pasaba de largo abrigada hasta las orejas y dibujando con el aliento trazos de vapor en el frío. Eran pocos los que en aquellos días se detenían a contemplar el escaparate de Sempere e Hijos y menos todavía quienes se aventuraban a entrar y preguntar por aquel libro perdido que les había estado esperando toda la vida y cuya venta, poesías al margen, hubiera contribuido a remendar las precarias finanzas de la librería.
—Yo creo que hoy será el día. Hoy cambiará nuestra suerte —proclamé en alas del primer café del día, puro optimismo en estado líquido.
Mi padre, que llevaba desde las ocho de aquella mañana batallando con el libro de contabilidad y haciendo malabarismos con lápiz y goma, alzó la vista del mostrador y observó el desfile de clientes escurridizos perderse calle abajo.
—El cielo te oiga, Daniel, porque a este paso, si perdemos la campaña de Navidad, en enero no vamos a tener ni para pagar el recibo de la luz. Algo vamos a tener que hacer.
—Ayer Fermín tuvo una idea —ofrecí—. Según él es un plan magistral para salvar la librería de la bancarrota inminente.
—Dios nos coja confesados.
Cité textualmente:
A lo mejor si me pusiera yo a decorar el escaparate en calzoncillos conseguiríamos que alguna fémina ávida de literatura y emociones fuertes entrase a hacer gasto, porque dicen los entendidos que el futuro de la literatura depende de las mujeres, y vive Dios que está por nacer fámula capaz de resistirse al tirón agreste de este cuerpo serrano—enuncié.
Oí a mi espalda cómo el lápiz de mi padre caía al suelo y me volví.
—Fermín dixit—añadí.
Había pensado que mi padre iba a sonreír ante la ocurrencia de Fermín, pero al comprobar que no parecía despertar de su silencio le miré de reojo. Sempere sénior no sólo no parecía encontrarle gracia alguna a semejante disparate sino que había adoptado un semblante meditabundo, como si se planteara tomárselo en serio.

Pues mira por dónde, a lo mejor Fermín ha dado en el clavo —murmuró.
Le observé con incredulidad. Tal vez la sequía comercial que nos había azotado en las últimas semanas había terminado por afectar el sano juicio de mi progenitor.
—No me digas que le vas a permitir pasearse en gayumbos por la librería.
—No, no es eso. Es lo del escaparate. Ahora que lo has dicho, me has dado una idea… Quizá aún estemos a tiempo de salvar la Navidad.
Le vi desaparecer en la trastienda y al poco regresó pertrechado de su uniforme oficial de invierno: el mismo abrigo, bufanda y sombrero que le recordaba desde niño. Bea solía decir que sospechaba que mi padre no se había comprado ropa desde 1942 y todos los indicios apuntaban a que mi mujer estaba en lo cierto. Mientras se enfundaba los guantes, mi padre sonreía vagamente y en sus ojos se percibía aquel brillo casi infantil que sólo conseguían arrancarle las grandes empresas.
—Te dejo solo un rato —anunció—. Voy a salir a hacer un recado.
—¿Puedo preguntar adonde vas?
Mi padre me guiñó el ojo.
—Es una sorpresa. Ya verás.
Lo seguí hasta la puerta y lo vi partir rumbo a la Puerta del Ángel a paso firme, una figura más en la marea gris de caminantes navegando por otro largo invierno de sombra y ceniza.

 

El prisionero del cielo

Carlos Ruiz Zafón

Timeless land

Timeless land

Durante casi todo mi viaje por el continente africano, estas palabras, esta idea, aparecían repetida y constantemente en mi cabeza. Casi cualquier situación, por cotidiana que pareciese, hacía saltar ese resorte en mi mente y me hacía pensar en ello: esta gente ni siquiera sabe lo que es el tiempo; no va contando cada segundo de su vida, lo va viviendo.
Ironías de la vida.
Millones de personas del «mundo desarrollado» viven atadas de pies y manos, estranguladas por ese tiempo inexistente para otros muchos millones de personas de esas lejanas y oscuras tierras sin tiempo.
Esas personas que no tienen reloj, y no porque hayan dejado de usarlo desde que llevan siempre el móvil encima, sino porque simplemente el concepto de tiempo y horas en sí es para ellos algo abstracto y casi carente de importancia. Algunos no saben ni siquiera cuántos años tienen… ¿para qué? ¿Aporta algo útil a la vida? Puedo estar enfermo con 30 o con 40, o con 30 puedo estar más viejo que con 40, ya me lo indicarán los síntomas y el cómo me sienta.
La vida y las obligaciones no se miden en tiempo; se miden, si cabe, según las propias tareas que haya que llevar a cabo. Esa gente no necesita ocho libretas, cuatro agendas, 20 aplicaciones de móvil sincronizadas con su PC y tablet y varios tacos de post-its para gestionar su tiempo y sus obligaciones. Esa gente tiene que hacer algo y lo hace. Y cuando lo acaba, se pone manos a la obra con la tarea que se le presente a continuación. La pólvora de la productividad personal, señores; reconozco que no he leído al reverenciado Allens, pero no creo que pueda aprender más de él que de estas personas que ya no es que no hayan escrito un libro en su vida, sino que el escribir en sí lo ven como algo tan nimio e innecesario como contar el tiempo.

Lo más maravilloso de todo, es que, aun sin quererlo, una vez allí uno se sumerge en su mundo para luego comenzar a flotar en esa especie de deriva atemporal. Una de las sensaciones más placenteras que pueden existir para mí es la de mirar el reloj (sí, yo soy de esas personas que nunca ha dejado de llevarlo, ni siquiera cuando el iPhone entró en mi vida, aunque la gente me miraba raro) y ver que las 20 cosas que ya has hecho en el día se han comprimido mágicamente en 40 minutos, y no en las 4 horas que esperabas que hubiesen pasado.
Esa sensación de eficiencia real, de estar trabajando, o haciendo lo que sea, totalmente absorto en lo que haces; y de forma efectiva. Y darte cuenta de que lo has hecho todo, y hasta te has tumbado a dormir una siesta. Y aún te quedan horas y horas de día y sol por delante para, simplemente, disfrutarlas. Vivirlas.

No solo el dinero, señores, también el tiempo es uno de los peores inventos de nuestra sociedad.

La creación

La creación

Poema indio

I

     Los aéreos picos del Himalaya se coronan de nieblas oscuras en cuyo seno hierve el rayo, y sobre las llanuras que se extienden a sus pies flotan nubes de ópalo, que derraman sobre las flores un rocío de perlas.

     Sobre la onda pura del Ganges se mece la simbólica flor del loto, y en la ribera aguarda su víctima el cocodrilo, verde como las hojas de las plantas acuáticas, que lo esconden a los ojos del viajero.

     En las selvas del Indostán hay árboles gigantescos, cuyas ramas ofrecen un pabellón al cansado peregrino, y otros cuya sombra letal lo llevan desde el sueño a la muerte.

     El amor es un caos de luz y de tinieblas; la mujer, una amalgama de perjurios y ternura; el hombre un abismo de grandeza y pequeñez; la vida, en fin, puede compararse a una larga cadena con eslabones de hierro y de oro.

Leyendas. La creación
Gustavo Adolfo Bécquer

Prólogo

Había que detenerla.
Las insinuaciones no habían funcionado. No había hecho caso de sugerencias sutiles. Era necesario actuar con más contundencia. Algo drástico e inequívoco, acompañado por una explicación clara.
Esto último era crucial, no podía dejar lugar a la duda ni a las preguntas. Tenía que hacer entender el mensaje a la policía, a los medios y a esa ingenua entrometida, todos tenían que estar de acuerdo respecto a su significado.
Bajó pensativamente la mirada a la libreta amarilla que tenía delante y empezó a escribir:
Tienes que abandonar de inmediato tu proyecto, tan mal concebido. Lo que estás proponiendo hacer es intolerable. Glorifica a la gente más destructiva de la Tierra. Ridiculiza mi persecución de la justicia al ensalzar a los criminales a los que he ejecutado. Crea compasión inmerecida por los más viles entre los viles. Esto no puede ocurrir. No lo permitiré. He dormido diez años en paz con mi éxito, en la paz de mi mensaje al mundo, en la paz de mi justicia. Si me fuerzan a tomar las armas otra vez, el precio será terrible.
Lee lo que ha escrito. Niega lentamente con la cabeza. No está del todo satisfecho con el tono. Arranca la página de la libreta y la introduce en la ranura de la trituradora de documentos que tiene junto a su silla. Empieza una página nueva:
Detén lo que estás haciendo. Para ahora y aléjate. O volverá a haber sangre, y más sangre. Estás advertida. No perturbes mi paz.
Eso estaba mejor. Pero todavía no estaba bien del todo.
Tendría que darle más vueltas, ser más claro, no dejar la menor duda. Debía ser perfecto.
Y había muy poco tiempo.

Deja en paz al diablo
John Verdon

No imaginaba tanto revuelo

NO IMAGINABA TANTO REVUELO cuando me disparé en la cabeza con la pistola de mi padre. Reconozco que fue desagradable, no tanto para mí, sino para mis propios padres, que al entrar en la habitación se encontraron la cama y la pared manchadas de sangre y de trozos de mi cerebro.   
En cuanto les vi, ya temía sus recriminaciones, sus “¿y ahora quién va a limpiar eso? Tu madre, ¿no?” Por no hablar de las quejas acerca de mi condición de niño malcriado que espera vivir de papá y de mamá hasta los cincuenta, con veinte años y aún pidiendo la paga, y esperando que te planchen las camisas y te hagan la cena, a ver cuándo terminas de estudiar y te pones a trabajar, ni que los estudios fueran a servirte para algo.   
Pero no. No hubo quejas ni reproches. Mi madre ahogó un grito y se agarró al marco de la puerta, mientras mi padre repitió varias veces la frase “voy a llamar a una ambulancia”, antes de efectivamente hacerlo.

Cuando llegó, ya no se podía hacer nada por mí. O eso dijeron. La doctora comentó la posibilidad de poner masilla al agujero, mientras el enfermero opinaba que primero había que sanear, que si no, luego se embozaba todo. Un vecino curioso aprovechó el desconcierto inicial para colarse en casa a cotillear y explicó que los agujeros en la cabeza eran malos de tapar y que lo mejor era usar algo de cemento.    Poco después, llegaron los policías, para mi decepción, de paisano. Uno mayor y muy delgado, y otro más joven y tirando a tripón. No sólo parecían una pareja cómica, sino que de hecho lo eran. En verano iban por las fiestas de los pueblos contando chistes. Aun así y a pesar también de la presencia de mi madre, aún agarrada al marco de la puerta, no dudó en soltar un insensible y desconsiderado “está muerto” nada más verme.   

—Ah, coño, por eso no respiraba —exclamó la doctora, con cierto alivio—. Nosotros no hemos sido, ¿eh? Ni le hemos tocado, siquiera.   
—Víctor, aquí hay una pistola —avisó el mayor, sujetando el arma con un pañuelo.   
—Una pistola, un agujero en la sien, una bala alojada probablemente en el cerebro (aunque esto ya son conjeturas), sangre… No hay duda. Se ha suicidado.   
—No veo ninguna nota.
—No, no la hay.   
—Muerto, claro —le decía la doctora al enfermero—. No sé cómo no he caído antes. ¿Tú no te habías dado cuenta?
—Qué va, sólo me he fijado en el agujero. Entonces no tendrá pulso ni nada, ¿no? Y yo que quería ver cómo se miraba eso del pulso.   
—¿Qué le van a hacer? —Preguntó mi padre.    —Lamentablemente, creo que está bastante claro —dijo el mayor.   
—O debería estarlo. Al cuartelillo —añadió el joven, procediendo a esposarme.

El problema de la bala
Jaime Rubio

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Se alzaron como hombres. Los vimos. Como hombres se pusieron de pie. No teníamos que estar cerca de allí. Como en la mayoría de las granjas de los alrededores de Lotus, Georgia, aquella estaba llena de inquietantes letreros de advertencia. Las amenazas colgaban de la alambrada de estacas cada cinco pies más o menos. Pero cuando vimos en la tierra el hueco escarbado por algún animal —un coyote tal vez, o un perro de caza—, no pudimos resistirlo. Solo éramos niños. A mi hermana la hierba le llegaba al hombro, y a mí a la cintura, así que, tras comprobar que no había culebras, nos tiramos al suelo y, reptando, atravesamos el hueco. Nos picaban los ojos por la sabia de las plantas y las nubes de mosquitos, pero mereció la pena. Justo enfrente, a unas cincuenta yardas, se alzaban como hombres. Sus cascos levantados golpeaban con estrépito, las crines hacia atrás dejaban al descubierto unos ojos blancos y furiosos. Se mordían como perros, pero cuando se alzaron, apoyándose solo en las patas traseras y las delanteras a la altura de la cruz del adversario, contuvimos la respiración con asombro. Uno de ellos era colorado como la herrumbre, el otro negro azabache, los dos brillantes por el sudor. Los relinchos no nos asustaron tanto como el silencio que siguió a la coz que uno le pegó al otro en los labios levantados con las patas traseras. A su alrededor, los potros y las yeguas, indiferentes, pastaban o miraban hacia otro lado. La pelea se detuvo. El colorado bajó la cabeza y piafó mientras el vencedor trotaba formando un arco, empujando suavemente a las yeguas delante de él. Retrocedimos ayudándonos con los codos en busca del hueco de la alambrada, evitando la fila de camionetas aparcadas un poco más allá, pero nos perdimos. Aunque tardamos una eternidad en volver a ver la verja, no nos entró miedo hasta oír unas voces, apremiantes pero flojas. Tiré a mi hermana del brazo y me llevé un dedo a los labios. Sin levantar la cabeza en ningún momento pero observando a través de la hierba, vimos que tiraban de un cuerpo en una carretilla y lo echaban a un agujero ya excavado. Un pie sobresalía del borde, y temblaba, como si pudiera salir de allí, como si con un pequeño esfuerzo pudiera quitarse de encima la tierra con que lo estaban cubriendo. No vimos las caras de los hombres que lo enterraban, solo sus pantalones, pero sí vimos el filo de una pala que empujó el pie tembloroso para que se uniera al resto del cuerpo. Cuando mi hermana vio que golpeaban aquel pie negro con su rosada planta surcada de regueros de barro para meterlo en la tumba, se estremeció de pies a cabeza. Le estreché los hombros con fuerza e intenté atraer sus sacudidas a mis huesos, porque, como hermano cuatro años mayor que ella, me creía capaz de dominarlas. Hacía ya mucho rato que aquellos hombres se habían marchado y la luna era un melón cuando nos sentimos lo bastante seguros para tantear la hierba y nos arrastramos con la tripa pegada al suelo, buscando otra vez el hueco bajo el alambre. Llegamos a casa pensando que nos darían unos buenos azotes o que por lo menos nos regañarían por volver tan tarde, pero los mayores no repararon en nosotros. Algún problema los tenía preocupados.

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Toni Morrison

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