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Las ardillas de Central Park están tristes los lunes

PRIMERA PARTE

Hortense sujetó la botella de champaña por el cuello y la volcó dentro de la cubitera. La botella estaba llena e hizo un ruido extraño. El golpe del cristal contra la pared metálica, el crepitar de los cubitos de hielo triturados, y después un borboteo, seguido de un petardeo de burbujas que estallaron en la superficie formando una espuma traslúcida.
El camarero, vestido con chaqueta blanca y pajarita negra, arqueó una ceja.
—¡Este champaña es un asco! —gruñó Hortense en francés, mientras daba un golpecito al culo de la botella—. Cuando alguien no puede permitirse una buena marca, no debería servir otra que revuelva las tripas…
Cogió una segunda botella y repitió su acto de sabotaje.
El rostro del camarero enrojeció. Miraba estupefacto cómo la botella se vaciaba lentamente y parecía preguntarse si debía dar la voz de alarma. Lanzó una mirada circular, buscando un testigo del vandalismo de esa chica, que derramaba botellas mientras profería insultos. Estaba sudando, y las gotas resaltaban el rosario de forúnculos que adornaba su frente. Otro paleto inglés de los que babean delante de cualquier zumo de uva que tenga gas, se dijo Hortense mientras se alisaba un mechón rebelde que se recogió detrás de la oreja. Él no dejaba de mirarla, dispuesto a agarrarla por la cintura si seguía con lo que estaba haciendo.
—¿Es que tengo monos en la cara?
Esa noche tenía ganas de hablar francés. Esa noche tenía ganas de poner bombas. Esa noche necesitaba despellejar a algún inocente, y ese camarero tenía todas las papeletas para que le diesen el papel de víctima. Hay gente así, a la que dan ganas de pinchar hasta hacerle sangre, de humillarla, de torturarla. Había nacido en el lugar equivocado. Le habían tocado malas cartas.
—¡Anda que no eres feo! ¡Me haces daño a la vista, con esas bombillas rojas plantadas en la frente!
El camarero tragó saliva, se aclaró la garganta y soltó:
—¿Eres siempre así de rastrera o estás haciendo un esfuerzo especial para mí?
—¿Eres francés?
—De Montélimar.
—El nougat [1] es malo para los dientes… y para la piel. Deberías dejarlo, te van a explotar las pústulas…
—¡Oye, gilipollas! ¿Qué te has tragado hoy para estar tan asquerosa?
Una humillación. Me he tragado una humillación y todavía no me lo creo. Se ha atrevido a hacerlo. Delante de mis narices, como si yo fuera transparente. Me dijo…, ¿qué fue lo que me dijo?…, y me lo creí. Me levanté las faldas y salí a correr los cien metros en menos de ocho segundos. Soy tan gilipollas como este tío rosáceo, lleno de granos y con cara de nougat.
—Porque, normalmente, cuando la gente es agresiva es porque no es feliz…
—Vale ya, Padre Pío, quítate la sotana y sírveme una Coca-Cola…
—¡Espero que el que te ha puesto en ese estado te siga haciendo sufrir mucho tiempo!
—¡Vaya, un psicólogo experto! ¿Eres tirando a lacaniano o a freudiano? ¡Cuéntamelo, anda, que tu conversación por fin se está volviendo apasionante!
Cogió el vaso que el camarero le tendía, lo levantó hacia él para brindar y se alejó cabeceando entre la multitud de invitados. ¡Vaya suerte que tengo! ¡Un francés! Repugnante y sudoroso. Vestimenta obligatoria: pantalón negro, camisa blanca, sin joyas y el pelo peinado hacia atrás. Gana cinco libras por hora y le tratan como a un perro sarnoso. Un estudiante en busca de algún dinero extra, o un pelagatos huyendo de las treinta y cinco horas semanales para ganar un montón de pasta. Puedo elegir. El único problema es que no me interesa. Para nada. ¡No invertiría trescientos euros en un par de zapatos por él! ¡Ni siquiera me compraría los cordones!
Estuvo a punto de tropezar, no perdió el equilibrio por los pelos, se miró la suela del zapato, y constató que un chicle rosa coronaba la punta del tacón de baquelita malva de su manoletina roja de piel de cocodrilo.
—¡Lo que me faltaba! —exclamó—. ¡Mis Dior recién estrenadas!
Había ayunado cinco días para comprárselas. Y le había diseñado una decena de ojales a su compañera Laura.
Vale, ya lo he pillado, ésta no es mi noche. Me voy a ir a la cama antes de que las palabras «reina de las bobas» queden impresas en mi frente. ¿Qué fue lo que me dijo? ¿Vas a ir a casa de Sybil Garson este sábado? Va a ser una fiesta alucinante. Podríamos quedar allí. Ella había aparentado indiferencia, pero había tomado nota de la fecha y de su expresión. Quedar significaba volver juntos, del brazo. Valía la pena pensárselo. Había estado a punto de contestar ¿vas solo o con la Peste? Pero se había contenido a tiempo —lo más importante era no admitir la existencia de Charlotte Bradsburry, ignorarla, ignorarla— y había empezado a tramar la forma de hacer que la invitaran. Sybil Garson, icono de la prensa del corazón, inglesa de alta cuna, elegante por naturaleza, arrogante por naturaleza, que no invitaba a su casa a ninguna criatura extranjera —y menos aún francesa— a no ser que se llamase Charlotte Gainsbourg, Juliette Binoche o llevase colgado del brazo al fabuloso Johnny Depp. Yo, Hortense Cortès, plebeya, desconocida, pobre y francesa, no tengo la más mínima oportunidad. A no ser que me enfunde el delantal blanco de hacer horas extras y me ponga a repartir salchichas. ¡Antes muerta!

Las ardillas de Central Park están tristes los lunes
Katherine Pancol

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