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Archivar para el mes “mayo, 2013”

En el hogar paterno

En el hogar paterno

Considero una predestinación feliz haber nacido en la pequeña ciudad de Braunau sobre el Inn; Braunau, situada precisamente en la frontera de esos dos Estados alemanes, cuya fusión se nos presenta —por lo menos a nosotros los jóvenes— como un cometido vital que bien merece realizarse a todo trance.
La Austria germana debe volver al acervo común de la patria alemana, y no por razón alguna de índole económica. No, de ningún modo, pues, aun en el caso de que esa unión considerada económicamente fuese indiferente o resultase incluso perjudicial, debería llevarse a cabo, a pesar de todo. Pueblos de la misma sangre corresponden a una patria común. Mientras el pueblo alemán no pueda reunir a sus hijos bajo un mismo Estado, carecerá de un derecho, moralmente justificado, para aspirar a una acción de política colonial. Sólo cuando el Reich abarcando la vida del último alemán no tenga ya la posibilidad de asegurar a éste la subsistencia, surgirá de la necesidad del propio pueblo, la justificación moral de adquirir posesión sobre tierras en el extranjero. El arado se convertirá entonces en espada y de las lágrimas de la guerra brotará para la posteridad el pan cotidiano.

La pequeña población fronteriza de Braunau me parece constituir el símbolo de una gran obra. Aun en otro sentido se yergue también hoy ese lugar como una advertencia al porvenir. Cuando esta insignificante población fue —hace más de cien años— escenario de un trágico suceso que conmovió a toda la nación alemana, su nombre quedó inmortalizado por los menos en los anales de la historia de Alemania. En la época de la más terrible humillación impuesta a nuestra patria rindió allá su vida por su adorada Alemania el librero de Nüremberg, Johannes Philipp Palm, obstinado «nacionalista» y enemigo de los franceses. Se había negado rotundamente a delatar a sus cómplices, mejor dicho a los verdaderos culpables. Murió, igual que Leo Schlagetter, y como éste, Johannes Philip Palm fue también denunciado a Francia por un funcionario. Un director de la policía de Augsburgo cobró la triste fama de la denuncia y creó con ello el tipo que las nuevas autoridades alemanas adoptaron bajo la égida del señor Severing.

En esa pequeña ciudad sobre el Inn, bávara de origen, austríaca políticamente y ennoblecida por el martirologio alemán vivieron mis padres allá por el año 1890. Mi padre era un leal y honrado funcionario, mi madre, ocupada en los quehaceres del hogar, tuvo siempre para sus hijos invariable y cariñosa solicitud. Poco retiene mi memoria de aquel tiempo, pues, pronto mi padre tuvo que abandonar ese pueblo que había ganado su afecto, para ir a ocupar un nuevo puesto en Passau, es decir, en Alemania.
En aquellos tiempos la suerte del aduanero austríaco era «peregrinar» a menudo; de ahí que mi padre tuviera que pasar a Linz, donde acabó por jubilarse. Ciertamente que esto no debió significar un descanso para el anciano. Mi padre, hijo de un simple y pobre campesino, no había podido resignarse en su juventud a quedar en la casa paterna. No tenía todavía trece años, cuando lió su morral y se marchó del terruño. Iba a Viena, desoyendo el consejo de aldeanos de experiencia, para aprender allí un oficio. Ocurría esto el año 50 del pasado siglo. ¡Grave resolución la de lanzarse en busca de lo desconocido sólo provisto de tres florines! Pero cuando el adolescente cumplía los diez y siete años y había realizado ya su examen de oficial de taller para llegar a ser «algo mejor». Si cuando niño, en la aldea, le parecía el señor cura la expresión de lo más alto que humanamente podía alcanzarse, ahora —dentro de su esfera enormemente ampliada por la gran urbelo era el funcionario público. Con la tenacidad propia de un hombre, ya casi envejecido en la adolescencia por las penalidades de la vida, se aferró el muchacho a su resolución de llegar a ser funcionario y lo fue. Creo que poco después de cumplir los 23 años, consiguió su propósito.
Cuando finalmente a la edad de 56 años se jubiló, no habría podido conformarse a vivir como un desocupado. Y he ahí que en los alrededores de la población austríaca de Lambach, adquirió una pequeña propiedad agrícola; la administró personalmente y así volvió después de una larga y trabajosa vida a la actividad originaria de sus mayores.
Fue sin duda en aquella época cuando forjé mis primeros ideales. Mis ajetreos infantiles al aire libre, el largo camino a la escuela y la camaradería que mantenía con muchachos robustos, que era frecuentemente motivo de hondos cuidados para mi madre, pudieron haber hecho de mí cualquier cosa menos un poltrón.
Si bien por entonces no me preocupaba seriamente la idea de mi profesión futura, sabía en cambio que mis simpatías no se inclinaban en modo alguno a la carrera de mi padre. Creo que ya entonces mis dotes oratorias se ejercitaban en altercados más o menos violentos con mis condiscípulos. Me había hecho un pequeño caudillo que aprendía bien y con facilidad en la escuela, pero que se dejaba tratar difícilmente.

En el estante de libros de mi padre encontré diversas obras militares, entre ellas una edición popular de la guerra franco-prusiana de 1870-71. Se trataba de dos tomos de una revista ilustrada de aquella época e hice de ellos mi lectura predilecta. Desde entonces me entusiasmó cada vez más todo aquello que tenía alguna relación con la guerra o con la vida militar.

Pero también en otro sentido debió esto tener significación para mí. Por primera vez —aunque en forma poco precisa— surgió en mi mente el interrogante de si realmente existía y, caso de existir, cuál podría ser, la diferencia entre los alemanes que combatieron en la guerra del 70 y los otros alemanes —los austríacos—. Me preguntaba ¿por qué Austria no tomó también parte en esa guerra al lado de Alemania? ¿Acaso no somos todos lo mismo?, me decía yo. Este problema comenzó a preocupar mi mente juvenil. A mis cautelosas preguntas debí oír con íntima emulación la respuesta de que no todo alemán tenía la suerte de pertenecer al Reich de Bismark.
Esto era para mi inexplicable.

 

Adolf Hitler
Mi lucha

A Doorway in Boston

PROLOGUE
A Doorway in Boston
IT WAS A blustery November day, cold but bright, and I was lost. The directions I‘d printed off the Internet weren‘t doing me any good. The road map that had looked so simple on my computer screen had turned into a ball of real-world confusion—thanks to Boston‘s cow-path roads and its plague of twisted street signs. As the digits of my dashboard clock clicked past the scheduled time for my lunch meeting, I decided I‘d have better luck on foot. I pulled into an open parking space across from the high green walls of Fenway Park, got out of the car, and asked a passerby for directions. He pointed me to a nearby street and, at last able to follow the twists and turns of my MapQuest printout, I soon arrived at the right place: a hulking gray building at the end of a litter-strewn side street.
At least I thought it was the right place. I was looking for a company named VeriCenter, but there was no name on the building—just a beat-up little sign with a street number hanging from a post above a heavy steel door. I double-checked the address: it was definitely the right number. So I pushed the door open and walked into the world‘s most unwelcoming entryway: no furniture, no window, no company directory, no nothing. Just a black phone without a keypad on the wall beside another heavy steel door.

I lifted the phone and a man‘s voice came on the line. I gave him my name and the name of the person I‘d come to meet, and he buzzed me through—into a second entryway, nearly as barren as the first. The man, a security guard, sat behind a metal desk. He put my driver‘s license through a tiny scanner, printed a blurry image of my face onto a visitor‘s pass, then had me sit in a chair beside an elevator. Someone would be down in a minute, he said. By this time, I was starting to wish I had stuck to my guns and turned down the meeting. A guy from VeriCenter‘s PR firm had been sending me emails for some time, and I‘d been diligently forwarding them into
the electronic trash bin. But when he managed to get hold of me by phone, I gave in and agreed to a meeting. Here I was, then perched on an uncomfortable chair in what appeared to be a dilapidated factory on the Friday before Thanksgiving in 2004.

 

Nicholas Carr
The Big Switch

 

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