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le monde c'est un collage

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Caroline

Septermber 1939

If I’d known I was about to meet the man who’d shatter me like bone china on terra-cotta, I would have slept in.

 

Lilac Girls
Martha Hall Kelly

 

En el hogar paterno

En el hogar paterno

Considero una predestinación feliz haber nacido en la pequeña ciudad de Braunau sobre el Inn; Braunau, situada precisamente en la frontera de esos dos Estados alemanes, cuya fusión se nos presenta —por lo menos a nosotros los jóvenes— como un cometido vital que bien merece realizarse a todo trance.
La Austria germana debe volver al acervo común de la patria alemana, y no por razón alguna de índole económica. No, de ningún modo, pues, aun en el caso de que esa unión considerada económicamente fuese indiferente o resultase incluso perjudicial, debería llevarse a cabo, a pesar de todo. Pueblos de la misma sangre corresponden a una patria común. Mientras el pueblo alemán no pueda reunir a sus hijos bajo un mismo Estado, carecerá de un derecho, moralmente justificado, para aspirar a una acción de política colonial. Sólo cuando el Reich abarcando la vida del último alemán no tenga ya la posibilidad de asegurar a éste la subsistencia, surgirá de la necesidad del propio pueblo, la justificación moral de adquirir posesión sobre tierras en el extranjero. El arado se convertirá entonces en espada y de las lágrimas de la guerra brotará para la posteridad el pan cotidiano.

La pequeña población fronteriza de Braunau me parece constituir el símbolo de una gran obra. Aun en otro sentido se yergue también hoy ese lugar como una advertencia al porvenir. Cuando esta insignificante población fue —hace más de cien años— escenario de un trágico suceso que conmovió a toda la nación alemana, su nombre quedó inmortalizado por los menos en los anales de la historia de Alemania. En la época de la más terrible humillación impuesta a nuestra patria rindió allá su vida por su adorada Alemania el librero de Nüremberg, Johannes Philipp Palm, obstinado «nacionalista» y enemigo de los franceses. Se había negado rotundamente a delatar a sus cómplices, mejor dicho a los verdaderos culpables. Murió, igual que Leo Schlagetter, y como éste, Johannes Philip Palm fue también denunciado a Francia por un funcionario. Un director de la policía de Augsburgo cobró la triste fama de la denuncia y creó con ello el tipo que las nuevas autoridades alemanas adoptaron bajo la égida del señor Severing.

En esa pequeña ciudad sobre el Inn, bávara de origen, austríaca políticamente y ennoblecida por el martirologio alemán vivieron mis padres allá por el año 1890. Mi padre era un leal y honrado funcionario, mi madre, ocupada en los quehaceres del hogar, tuvo siempre para sus hijos invariable y cariñosa solicitud. Poco retiene mi memoria de aquel tiempo, pues, pronto mi padre tuvo que abandonar ese pueblo que había ganado su afecto, para ir a ocupar un nuevo puesto en Passau, es decir, en Alemania.
En aquellos tiempos la suerte del aduanero austríaco era «peregrinar» a menudo; de ahí que mi padre tuviera que pasar a Linz, donde acabó por jubilarse. Ciertamente que esto no debió significar un descanso para el anciano. Mi padre, hijo de un simple y pobre campesino, no había podido resignarse en su juventud a quedar en la casa paterna. No tenía todavía trece años, cuando lió su morral y se marchó del terruño. Iba a Viena, desoyendo el consejo de aldeanos de experiencia, para aprender allí un oficio. Ocurría esto el año 50 del pasado siglo. ¡Grave resolución la de lanzarse en busca de lo desconocido sólo provisto de tres florines! Pero cuando el adolescente cumplía los diez y siete años y había realizado ya su examen de oficial de taller para llegar a ser «algo mejor». Si cuando niño, en la aldea, le parecía el señor cura la expresión de lo más alto que humanamente podía alcanzarse, ahora —dentro de su esfera enormemente ampliada por la gran urbelo era el funcionario público. Con la tenacidad propia de un hombre, ya casi envejecido en la adolescencia por las penalidades de la vida, se aferró el muchacho a su resolución de llegar a ser funcionario y lo fue. Creo que poco después de cumplir los 23 años, consiguió su propósito.
Cuando finalmente a la edad de 56 años se jubiló, no habría podido conformarse a vivir como un desocupado. Y he ahí que en los alrededores de la población austríaca de Lambach, adquirió una pequeña propiedad agrícola; la administró personalmente y así volvió después de una larga y trabajosa vida a la actividad originaria de sus mayores.
Fue sin duda en aquella época cuando forjé mis primeros ideales. Mis ajetreos infantiles al aire libre, el largo camino a la escuela y la camaradería que mantenía con muchachos robustos, que era frecuentemente motivo de hondos cuidados para mi madre, pudieron haber hecho de mí cualquier cosa menos un poltrón.
Si bien por entonces no me preocupaba seriamente la idea de mi profesión futura, sabía en cambio que mis simpatías no se inclinaban en modo alguno a la carrera de mi padre. Creo que ya entonces mis dotes oratorias se ejercitaban en altercados más o menos violentos con mis condiscípulos. Me había hecho un pequeño caudillo que aprendía bien y con facilidad en la escuela, pero que se dejaba tratar difícilmente.

En el estante de libros de mi padre encontré diversas obras militares, entre ellas una edición popular de la guerra franco-prusiana de 1870-71. Se trataba de dos tomos de una revista ilustrada de aquella época e hice de ellos mi lectura predilecta. Desde entonces me entusiasmó cada vez más todo aquello que tenía alguna relación con la guerra o con la vida militar.

Pero también en otro sentido debió esto tener significación para mí. Por primera vez —aunque en forma poco precisa— surgió en mi mente el interrogante de si realmente existía y, caso de existir, cuál podría ser, la diferencia entre los alemanes que combatieron en la guerra del 70 y los otros alemanes —los austríacos—. Me preguntaba ¿por qué Austria no tomó también parte en esa guerra al lado de Alemania? ¿Acaso no somos todos lo mismo?, me decía yo. Este problema comenzó a preocupar mi mente juvenil. A mis cautelosas preguntas debí oír con íntima emulación la respuesta de que no todo alemán tenía la suerte de pertenecer al Reich de Bismark.
Esto era para mi inexplicable.

 

Adolf Hitler
Mi lucha

Timeless land

Timeless land

Durante casi todo mi viaje por el continente africano, estas palabras, esta idea, aparecían repetida y constantemente en mi cabeza. Casi cualquier situación, por cotidiana que pareciese, hacía saltar ese resorte en mi mente y me hacía pensar en ello: esta gente ni siquiera sabe lo que es el tiempo; no va contando cada segundo de su vida, lo va viviendo.
Ironías de la vida.
Millones de personas del «mundo desarrollado» viven atadas de pies y manos, estranguladas por ese tiempo inexistente para otros muchos millones de personas de esas lejanas y oscuras tierras sin tiempo.
Esas personas que no tienen reloj, y no porque hayan dejado de usarlo desde que llevan siempre el móvil encima, sino porque simplemente el concepto de tiempo y horas en sí es para ellos algo abstracto y casi carente de importancia. Algunos no saben ni siquiera cuántos años tienen… ¿para qué? ¿Aporta algo útil a la vida? Puedo estar enfermo con 30 o con 40, o con 30 puedo estar más viejo que con 40, ya me lo indicarán los síntomas y el cómo me sienta.
La vida y las obligaciones no se miden en tiempo; se miden, si cabe, según las propias tareas que haya que llevar a cabo. Esa gente no necesita ocho libretas, cuatro agendas, 20 aplicaciones de móvil sincronizadas con su PC y tablet y varios tacos de post-its para gestionar su tiempo y sus obligaciones. Esa gente tiene que hacer algo y lo hace. Y cuando lo acaba, se pone manos a la obra con la tarea que se le presente a continuación. La pólvora de la productividad personal, señores; reconozco que no he leído al reverenciado Allens, pero no creo que pueda aprender más de él que de estas personas que ya no es que no hayan escrito un libro en su vida, sino que el escribir en sí lo ven como algo tan nimio e innecesario como contar el tiempo.

Lo más maravilloso de todo, es que, aun sin quererlo, una vez allí uno se sumerge en su mundo para luego comenzar a flotar en esa especie de deriva atemporal. Una de las sensaciones más placenteras que pueden existir para mí es la de mirar el reloj (sí, yo soy de esas personas que nunca ha dejado de llevarlo, ni siquiera cuando el iPhone entró en mi vida, aunque la gente me miraba raro) y ver que las 20 cosas que ya has hecho en el día se han comprimido mágicamente en 40 minutos, y no en las 4 horas que esperabas que hubiesen pasado.
Esa sensación de eficiencia real, de estar trabajando, o haciendo lo que sea, totalmente absorto en lo que haces; y de forma efectiva. Y darte cuenta de que lo has hecho todo, y hasta te has tumbado a dormir una siesta. Y aún te quedan horas y horas de día y sol por delante para, simplemente, disfrutarlas. Vivirlas.

No solo el dinero, señores, también el tiempo es uno de los peores inventos de nuestra sociedad.

No tengo gato

Realmente nunca lo he tenido. Por eso no puedo hacer un blog con fotos de mi gato. Ni siquiera tengo una cuenta de Pinterest para rebloguear las fotos de gatos que allí se hacen famosos.

Además, siempre he apreciado bastante mi privacidad, o al menos más de lo que parece hacerlo toda esa gente que no solo pone fotos de su gato, sino de sí mismos en diversos lugares o situaciones de dudosa adecuación para hacerse públicos en Internet… ese misterioso lugar tan desconocido aún para muchos.

En cualquier caso, a veces simplemente me despierto por la mañana con una idea y con ganas de escribir. Llámese inspiración o epifanía. Y llevo demasiado tiempo dejando simplemente pasar de largo a las musas.

Por enésima vez, voy a intentar algo doblemente imposible: dejar constancia de las ideas que a veces me asaltan y crear un rincón secreto en Internet.

Saúde.

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