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le monde c'est un collage

Los ojos amarillos de los cocodrilos

PRIMERA PARTE

«Joséphine dejó escapar un grito y soltó el pelador. La hoja había resbalado sobre la patata produciéndole un gran corte en la piel, en el nacimiento del puño. Sangre, había sangre por todos lados. Se miró las venas azules, la incisión roja, el fregadero blanco, el barreño de plástico amarillo en el que permanecían, blancas y relucientes, las patatas peladas. Las gotas de sangre caían de una en una, salpicando el revestimiento blanco. Apoyó las manos en el borde de la pila y se echó a llorar.
Necesitaba llorar. No sabía por qué. Tenía demasiadas buenas razones. Ésta serviría. Buscó un trapo con la mirada, lo cogió y lo comprimió sobre la herida. Me voy a convertir en fuente, en fuente de lágrimas, fuente de sangre, de suspiros, voy a dejarme morir.
Sería una solución. Dejarse morir, sin decir nada. Se apagaría como una vela que se agota.
Dejarse morir erguida sobre la pila. No morimos erguidos, rectificó enseguida, morimos tumbados o arrodillados, la cabeza dentro del horno o en la bañera. Había leído en el periódico que el método de suicidio más corriente en las mujeres era el de tirarse por una ventana. Los hombres prefieren colgarse. ¿Por la ventana? Nunca podría hacerlo. Pero desangrarse llorando, ignorar si el líquido que sale de una es rojo o blanco. Dormirse lentamente. Entonces… ¡suelta el trapo y mete los puños en la pila! Y aún así, aún así… tendrías que quedarte de pie, y no morimos de pie.
Salvo en combate. En las guerras…
Y aún no estamos en guerra.
Suspiró, se colocó el trapo en la herida, enjugó sus lágrimas y miró su reflejo en la ventana. Todavía tenía el lápiz enganchado en el pelo. ¡Venga! —se dijo—. ¡Pela patatas! ¡Ya pensarás después en lo demás!

* * *

Esa mañana de finales de mayo, en la que el termómetro marcaba veintiocho grados a la sombra, en el quinto piso, resguardado bajo el toldo del balcón, un hombre jugaba al ajedrez. Solo. Reflexionaba ante el tablero. Para hacerlo lo más verídico posible incluso se cambiaba de sitio y, al hacerlo, se amparaba en una pipa que empezaba a aspirar. Se inclinaba, resoplaba, levantaba una pieza, la volvía a soltar, resoplaba de nuevo, volvía a coger la pieza, la desplazaba, movía la cabeza, soltaba la pipa y se sentaba en el otro lado.

Era un hombre de estatura mediana, de aspecto muy cuidado, pelo castaño y ojos marrones. El pliegue de su pantalón caía recto, sus zapatos brillaban como recién salidos de la caja, la camisa remangada dejaba ver unos antebrazos y unos puños finos, y las uñas lucían el pulido y el brillo que sólo se consigue a partir de una concienzuda manicura. Su piel estaba teñida de un ligero bronceado, que se adivinaba permanente, y completaba su imagen de persona rubia. Se parecía a esos recortables de cartón vestidos con calcetines y ropa interior de los juegos infantiles y que podían vestirse con todo tipo de trajes: piloto de aviación, cazador, explorador… Era un hombre de esos que podían meterse en el decorado de un catálogo para inspirar confianza y subrayar la calidad del mobiliario expuesto.
De pronto, una sonrisa iluminó su rostro. «Jaque mate —murmuró a su imaginario adversario—. ¡Ay, amigo! ¡Estás perdido! ¡Apuesto a que ni siquiera lo has visto venir!». Satisfecho, se dio un apretón de manos a sí mismo y moduló su voz para dirigirse algunas felicitaciones. «¡Bien jugado, Tonio! Has estado muy bien».
Se levantó, se estiró frotándose el pecho y decidió servirse una copita aunque no fuera la hora. Normalmente tomaba un aperitivo hacia las seis y diez, por la tarde, mientras veía «Cuestión para un campeón». El programa de Julián Lepers se había convertido en una cita que aguardaba con impaciencia. Le irritaba perdérselo. A las cinco y media ya estaba esperándolo, anhelando conocer a los cuatro concursantes con los que iba a medirse. También quería saber qué traje llevaría el presentador, y la camisa y la corbata con las que lo combinaría. Se decía que debería tentar a la suerte e inscribirse. Se lo decía cada tarde, pero no hacía nada. Habría tenido que pasar pruebas eliminatorias, y había algo en esas dos palabras que le desalentaba.

Los ojos amarillos de los cocodrilos
Katherine Pancol

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El prisionero del cielo

Primera parte

UN CUENTO DE NAVIDAD

1

Barcelona, diciembre de 1957
Aquel año a la Navidad le dio por amanecer todos los días de plomo y escarcha. Una penumbra azulada teñía la ciudad, y la gente pasaba de largo abrigada hasta las orejas y dibujando con el aliento trazos de vapor en el frío. Eran pocos los que en aquellos días se detenían a contemplar el escaparate de Sempere e Hijos y menos todavía quienes se aventuraban a entrar y preguntar por aquel libro perdido que les había estado esperando toda la vida y cuya venta, poesías al margen, hubiera contribuido a remendar las precarias finanzas de la librería.
—Yo creo que hoy será el día. Hoy cambiará nuestra suerte —proclamé en alas del primer café del día, puro optimismo en estado líquido.
Mi padre, que llevaba desde las ocho de aquella mañana batallando con el libro de contabilidad y haciendo malabarismos con lápiz y goma, alzó la vista del mostrador y observó el desfile de clientes escurridizos perderse calle abajo.
—El cielo te oiga, Daniel, porque a este paso, si perdemos la campaña de Navidad, en enero no vamos a tener ni para pagar el recibo de la luz. Algo vamos a tener que hacer.
—Ayer Fermín tuvo una idea —ofrecí—. Según él es un plan magistral para salvar la librería de la bancarrota inminente.
—Dios nos coja confesados.
Cité textualmente:
A lo mejor si me pusiera yo a decorar el escaparate en calzoncillos conseguiríamos que alguna fémina ávida de literatura y emociones fuertes entrase a hacer gasto, porque dicen los entendidos que el futuro de la literatura depende de las mujeres, y vive Dios que está por nacer fámula capaz de resistirse al tirón agreste de este cuerpo serrano—enuncié.
Oí a mi espalda cómo el lápiz de mi padre caía al suelo y me volví.
—Fermín dixit—añadí.
Había pensado que mi padre iba a sonreír ante la ocurrencia de Fermín, pero al comprobar que no parecía despertar de su silencio le miré de reojo. Sempere sénior no sólo no parecía encontrarle gracia alguna a semejante disparate sino que había adoptado un semblante meditabundo, como si se planteara tomárselo en serio.

Pues mira por dónde, a lo mejor Fermín ha dado en el clavo —murmuró.
Le observé con incredulidad. Tal vez la sequía comercial que nos había azotado en las últimas semanas había terminado por afectar el sano juicio de mi progenitor.
—No me digas que le vas a permitir pasearse en gayumbos por la librería.
—No, no es eso. Es lo del escaparate. Ahora que lo has dicho, me has dado una idea… Quizá aún estemos a tiempo de salvar la Navidad.
Le vi desaparecer en la trastienda y al poco regresó pertrechado de su uniforme oficial de invierno: el mismo abrigo, bufanda y sombrero que le recordaba desde niño. Bea solía decir que sospechaba que mi padre no se había comprado ropa desde 1942 y todos los indicios apuntaban a que mi mujer estaba en lo cierto. Mientras se enfundaba los guantes, mi padre sonreía vagamente y en sus ojos se percibía aquel brillo casi infantil que sólo conseguían arrancarle las grandes empresas.
—Te dejo solo un rato —anunció—. Voy a salir a hacer un recado.
—¿Puedo preguntar adonde vas?
Mi padre me guiñó el ojo.
—Es una sorpresa. Ya verás.
Lo seguí hasta la puerta y lo vi partir rumbo a la Puerta del Ángel a paso firme, una figura más en la marea gris de caminantes navegando por otro largo invierno de sombra y ceniza.

 

El prisionero del cielo

Carlos Ruiz Zafón

Timeless land

Timeless land

Durante casi todo mi viaje por el continente africano, estas palabras, esta idea, aparecían repetida y constantemente en mi cabeza. Casi cualquier situación, por cotidiana que pareciese, hacía saltar ese resorte en mi mente y me hacía pensar en ello: esta gente ni siquiera sabe lo que es el tiempo; no va contando cada segundo de su vida, lo va viviendo.
Ironías de la vida.
Millones de personas del «mundo desarrollado» viven atadas de pies y manos, estranguladas por ese tiempo inexistente para otros muchos millones de personas de esas lejanas y oscuras tierras sin tiempo.
Esas personas que no tienen reloj, y no porque hayan dejado de usarlo desde que llevan siempre el móvil encima, sino porque simplemente el concepto de tiempo y horas en sí es para ellos algo abstracto y casi carente de importancia. Algunos no saben ni siquiera cuántos años tienen… ¿para qué? ¿Aporta algo útil a la vida? Puedo estar enfermo con 30 o con 40, o con 30 puedo estar más viejo que con 40, ya me lo indicarán los síntomas y el cómo me sienta.
La vida y las obligaciones no se miden en tiempo; se miden, si cabe, según las propias tareas que haya que llevar a cabo. Esa gente no necesita ocho libretas, cuatro agendas, 20 aplicaciones de móvil sincronizadas con su PC y tablet y varios tacos de post-its para gestionar su tiempo y sus obligaciones. Esa gente tiene que hacer algo y lo hace. Y cuando lo acaba, se pone manos a la obra con la tarea que se le presente a continuación. La pólvora de la productividad personal, señores; reconozco que no he leído al reverenciado Allens, pero no creo que pueda aprender más de él que de estas personas que ya no es que no hayan escrito un libro en su vida, sino que el escribir en sí lo ven como algo tan nimio e innecesario como contar el tiempo.

Lo más maravilloso de todo, es que, aun sin quererlo, una vez allí uno se sumerge en su mundo para luego comenzar a flotar en esa especie de deriva atemporal. Una de las sensaciones más placenteras que pueden existir para mí es la de mirar el reloj (sí, yo soy de esas personas que nunca ha dejado de llevarlo, ni siquiera cuando el iPhone entró en mi vida, aunque la gente me miraba raro) y ver que las 20 cosas que ya has hecho en el día se han comprimido mágicamente en 40 minutos, y no en las 4 horas que esperabas que hubiesen pasado.
Esa sensación de eficiencia real, de estar trabajando, o haciendo lo que sea, totalmente absorto en lo que haces; y de forma efectiva. Y darte cuenta de que lo has hecho todo, y hasta te has tumbado a dormir una siesta. Y aún te quedan horas y horas de día y sol por delante para, simplemente, disfrutarlas. Vivirlas.

No solo el dinero, señores, también el tiempo es uno de los peores inventos de nuestra sociedad.

La creación

La creación

Poema indio

I

     Los aéreos picos del Himalaya se coronan de nieblas oscuras en cuyo seno hierve el rayo, y sobre las llanuras que se extienden a sus pies flotan nubes de ópalo, que derraman sobre las flores un rocío de perlas.

     Sobre la onda pura del Ganges se mece la simbólica flor del loto, y en la ribera aguarda su víctima el cocodrilo, verde como las hojas de las plantas acuáticas, que lo esconden a los ojos del viajero.

     En las selvas del Indostán hay árboles gigantescos, cuyas ramas ofrecen un pabellón al cansado peregrino, y otros cuya sombra letal lo llevan desde el sueño a la muerte.

     El amor es un caos de luz y de tinieblas; la mujer, una amalgama de perjurios y ternura; el hombre un abismo de grandeza y pequeñez; la vida, en fin, puede compararse a una larga cadena con eslabones de hierro y de oro.

Leyendas. La creación
Gustavo Adolfo Bécquer

Prólogo

Había que detenerla.
Las insinuaciones no habían funcionado. No había hecho caso de sugerencias sutiles. Era necesario actuar con más contundencia. Algo drástico e inequívoco, acompañado por una explicación clara.
Esto último era crucial, no podía dejar lugar a la duda ni a las preguntas. Tenía que hacer entender el mensaje a la policía, a los medios y a esa ingenua entrometida, todos tenían que estar de acuerdo respecto a su significado.
Bajó pensativamente la mirada a la libreta amarilla que tenía delante y empezó a escribir:
Tienes que abandonar de inmediato tu proyecto, tan mal concebido. Lo que estás proponiendo hacer es intolerable. Glorifica a la gente más destructiva de la Tierra. Ridiculiza mi persecución de la justicia al ensalzar a los criminales a los que he ejecutado. Crea compasión inmerecida por los más viles entre los viles. Esto no puede ocurrir. No lo permitiré. He dormido diez años en paz con mi éxito, en la paz de mi mensaje al mundo, en la paz de mi justicia. Si me fuerzan a tomar las armas otra vez, el precio será terrible.
Lee lo que ha escrito. Niega lentamente con la cabeza. No está del todo satisfecho con el tono. Arranca la página de la libreta y la introduce en la ranura de la trituradora de documentos que tiene junto a su silla. Empieza una página nueva:
Detén lo que estás haciendo. Para ahora y aléjate. O volverá a haber sangre, y más sangre. Estás advertida. No perturbes mi paz.
Eso estaba mejor. Pero todavía no estaba bien del todo.
Tendría que darle más vueltas, ser más claro, no dejar la menor duda. Debía ser perfecto.
Y había muy poco tiempo.

Deja en paz al diablo
John Verdon

No imaginaba tanto revuelo

NO IMAGINABA TANTO REVUELO cuando me disparé en la cabeza con la pistola de mi padre. Reconozco que fue desagradable, no tanto para mí, sino para mis propios padres, que al entrar en la habitación se encontraron la cama y la pared manchadas de sangre y de trozos de mi cerebro.   
En cuanto les vi, ya temía sus recriminaciones, sus “¿y ahora quién va a limpiar eso? Tu madre, ¿no?” Por no hablar de las quejas acerca de mi condición de niño malcriado que espera vivir de papá y de mamá hasta los cincuenta, con veinte años y aún pidiendo la paga, y esperando que te planchen las camisas y te hagan la cena, a ver cuándo terminas de estudiar y te pones a trabajar, ni que los estudios fueran a servirte para algo.   
Pero no. No hubo quejas ni reproches. Mi madre ahogó un grito y se agarró al marco de la puerta, mientras mi padre repitió varias veces la frase “voy a llamar a una ambulancia”, antes de efectivamente hacerlo.

Cuando llegó, ya no se podía hacer nada por mí. O eso dijeron. La doctora comentó la posibilidad de poner masilla al agujero, mientras el enfermero opinaba que primero había que sanear, que si no, luego se embozaba todo. Un vecino curioso aprovechó el desconcierto inicial para colarse en casa a cotillear y explicó que los agujeros en la cabeza eran malos de tapar y que lo mejor era usar algo de cemento.    Poco después, llegaron los policías, para mi decepción, de paisano. Uno mayor y muy delgado, y otro más joven y tirando a tripón. No sólo parecían una pareja cómica, sino que de hecho lo eran. En verano iban por las fiestas de los pueblos contando chistes. Aun así y a pesar también de la presencia de mi madre, aún agarrada al marco de la puerta, no dudó en soltar un insensible y desconsiderado “está muerto” nada más verme.   

—Ah, coño, por eso no respiraba —exclamó la doctora, con cierto alivio—. Nosotros no hemos sido, ¿eh? Ni le hemos tocado, siquiera.   
—Víctor, aquí hay una pistola —avisó el mayor, sujetando el arma con un pañuelo.   
—Una pistola, un agujero en la sien, una bala alojada probablemente en el cerebro (aunque esto ya son conjeturas), sangre… No hay duda. Se ha suicidado.   
—No veo ninguna nota.
—No, no la hay.   
—Muerto, claro —le decía la doctora al enfermero—. No sé cómo no he caído antes. ¿Tú no te habías dado cuenta?
—Qué va, sólo me he fijado en el agujero. Entonces no tendrá pulso ni nada, ¿no? Y yo que quería ver cómo se miraba eso del pulso.   
—¿Qué le van a hacer? —Preguntó mi padre.    —Lamentablemente, creo que está bastante claro —dijo el mayor.   
—O debería estarlo. Al cuartelillo —añadió el joven, procediendo a esposarme.

El problema de la bala
Jaime Rubio

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Se alzaron como hombres. Los vimos. Como hombres se pusieron de pie. No teníamos que estar cerca de allí. Como en la mayoría de las granjas de los alrededores de Lotus, Georgia, aquella estaba llena de inquietantes letreros de advertencia. Las amenazas colgaban de la alambrada de estacas cada cinco pies más o menos. Pero cuando vimos en la tierra el hueco escarbado por algún animal —un coyote tal vez, o un perro de caza—, no pudimos resistirlo. Solo éramos niños. A mi hermana la hierba le llegaba al hombro, y a mí a la cintura, así que, tras comprobar que no había culebras, nos tiramos al suelo y, reptando, atravesamos el hueco. Nos picaban los ojos por la sabia de las plantas y las nubes de mosquitos, pero mereció la pena. Justo enfrente, a unas cincuenta yardas, se alzaban como hombres. Sus cascos levantados golpeaban con estrépito, las crines hacia atrás dejaban al descubierto unos ojos blancos y furiosos. Se mordían como perros, pero cuando se alzaron, apoyándose solo en las patas traseras y las delanteras a la altura de la cruz del adversario, contuvimos la respiración con asombro. Uno de ellos era colorado como la herrumbre, el otro negro azabache, los dos brillantes por el sudor. Los relinchos no nos asustaron tanto como el silencio que siguió a la coz que uno le pegó al otro en los labios levantados con las patas traseras. A su alrededor, los potros y las yeguas, indiferentes, pastaban o miraban hacia otro lado. La pelea se detuvo. El colorado bajó la cabeza y piafó mientras el vencedor trotaba formando un arco, empujando suavemente a las yeguas delante de él. Retrocedimos ayudándonos con los codos en busca del hueco de la alambrada, evitando la fila de camionetas aparcadas un poco más allá, pero nos perdimos. Aunque tardamos una eternidad en volver a ver la verja, no nos entró miedo hasta oír unas voces, apremiantes pero flojas. Tiré a mi hermana del brazo y me llevé un dedo a los labios. Sin levantar la cabeza en ningún momento pero observando a través de la hierba, vimos que tiraban de un cuerpo en una carretilla y lo echaban a un agujero ya excavado. Un pie sobresalía del borde, y temblaba, como si pudiera salir de allí, como si con un pequeño esfuerzo pudiera quitarse de encima la tierra con que lo estaban cubriendo. No vimos las caras de los hombres que lo enterraban, solo sus pantalones, pero sí vimos el filo de una pala que empujó el pie tembloroso para que se uniera al resto del cuerpo. Cuando mi hermana vio que golpeaban aquel pie negro con su rosada planta surcada de regueros de barro para meterlo en la tumba, se estremeció de pies a cabeza. Le estreché los hombros con fuerza e intenté atraer sus sacudidas a mis huesos, porque, como hermano cuatro años mayor que ella, me creía capaz de dominarlas. Hacía ya mucho rato que aquellos hombres se habían marchado y la luna era un melón cuando nos sentimos lo bastante seguros para tantear la hierba y nos arrastramos con la tripa pegada al suelo, buscando otra vez el hueco bajo el alambre. Llegamos a casa pensando que nos darían unos buenos azotes o que por lo menos nos regañarían por volver tan tarde, pero los mayores no repararon en nosotros. Algún problema los tenía preocupados.

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Toni Morrison

R. U. R.

Primer acto

(Oficina central de la fábrica de robots universales Rossum. Entrada al fondo, a la derecha. Por las ventanas se ven interminables filas de edificios de la fábrica. Domin está sentado en una silla giratoria ante una gran mesa de despacho sobre la que hay una lámpara eléctrica, un teléfono, un pesacartas, un archivador de correspondencia, etc. De la pared de la izquierda cuelgan grandes mapas de las rutas marítimas y de ferrocarriles, un gran calendario y un reloj que marca las doce menos unos minutos. En la pared de la derecha hay una serie de carteles colocados con chinchetas: «mano de obra barata. robots Rossum.» «robots para el trópico. 150 dólares cada.» «todos debieran comprar su propio robot. ¿quiere usted abaratar su producción? encargue robots ROSSUM»; más mapas, gráficos de transporte de cargas, etc. En una esquina una máquina de cinta magnética indica las tarifas de cambio. Contrastando con los adornos de las paredes, el suelo está cubierto por una magnífica alfombra turca. A la derecha hay una mesa redonda, un sofá, una butaca de cuero y una librería en la que, en lugar de libros, hay botellas de vinos y alcoholes. A la izquierda, la mesa del cajero. Al lado de la mesa de Domin, Sula está escribiendo cartas a máquina.)

DOMIN (Dictando): «Nosotros no aceptamos ninguna responsabilidad por los productos dañados durante el transporte. Cuando el envío fue embarcado, nosotros avisamos a su capitán de que el barco no era apropiado para el transporte de robots. Este asunto debe pasar a la compañía de seguros de ustedes. Por Robots Universales Rossum, atentamente…» ¿Acabado?

SULA: Sí.

DOMIN: Otra carta. «A la Agencia E. B. Hudson, Nueva York. Fecha. Acusamos recibo del encargo de cinco mil robots. Ya que ustedes envían su propio barco, hagan el favor de mandarnos bloques de carbón para R.U.R., que anotaremos como pago de una parte de lo que ustedes nos adeudan. Atentamente…» ¿Acabado?

SULA (Escribiendo la última palabra): Sí.

DOMIN: «Friedrichswerke, Hamburgo. Fecha. Acusamos recibo del encargo de quince mil robots.» (Suena el teléfono interior. Domin lo coge y habla) Dígame, esta es la oficina central…; sí…, sin duda. Ah, sí, como siempre. Sí, naturalmente, envíeles un cable. Bien. (Cuelga el teléfono.) ¿Dónde me había quedado?

SULA: Acusamos recibo del encargo de quince mil R.

DOMIN (Pensativo): Quince mil R. Quince mil R.

MARIUS (Entrando): Señor, hay una señora que quiere…

DOMIN: ¿Quién es?

MARIUS: No sé. Me dio esta tarjeta.

DOMIN (Leyendo): Profesor William Glory, Saint Trydes-wyde’s, Oxbridge. Hágale pasar.

MARIUS (Abriendo la puerta): Por favor, por aquí, señora. (Entra Elena Glory) (Sale Marius)

DOMIN (De pie): ¿En qué puedo servirle?

ELENA: ¿Es usted el señor Domin, el director general?

DOMIN: Yo soy.

ELENA: He venido a verle…

DOMIN: Con una tarjeta del profesor Glory. Es suficiente.

ELENA: El profesor Glory es mi padre. Yo soy Elena Glory.

DOMIN: Señorita Glory, es para nosotros un honor poco corriente… ser… ser…

ELENA: Sí… Muy bien.

DOMIN:…poder dar la bienvenida a la hija del distinguido profesor. Siéntese, por favor. Sula, se puede ir.

(Sale Sula)

DOMIN (Sentándose.): ¿En qué puedo serle útil, señorita Glory?

ELENA: He venido para…

DOMIN: Para dar un vistazo a esta fábrica nuestra en que se fabrica gente. Como todos los visitantes. Bien, no hay inconveniente alguno.

ELENA: Creí que estaba prohibido…

DOMIN: Está prohibido entrar en la fábrica, claro. Pero todo el mundo llega aquí con una carta de presentación y entonces…

R.U.R.
Karel y Joseph Čapek, obra en tres actos y un epílogo

El último deseo

La voz de la razón 1

Vino a él al romper el alba.
Entró con mucho cuidado, sin decir nada, caminando silenciosamente, deslizándose por la habitación como un espectro, como una visión, el único sonido que acompañaba sus movimientos lo producía el albornoz al rozar la piel desnuda. Y sin embargo, justo este sonido tan débil, casi inaudible, despertó al brujo. O puede que sólo le sacara de una duermevela en la que se acunaba monótono, como si estuviera en las profundidades insondables, colgando entre el fondo y la superficie de un mar en calma, entre masas de sargazos ligeramente movidos por las olas.
No se movió, no pestañeó siquiera. La chica se acercó, se quitó el albornoz despacito, vacilando apoyó la rodilla doblada en el borde de la cama. Él la observó por debajo de las pestañas casi cerradas, fingiendo que aún dormía. La muchacha se subió con cuidado al lecho, encima de él, apretándole entre sus muslos. Apoyada en los brazos abiertos le rozó ligeramente el rostro con unos cabellos que olían a manzanilla. Decidida y como impaciente, se inclinó, tocó con la punta de sus pechos sus párpados, sus mejillas, su boca. Él se sonrió, asiéndola por los hombros con un movimiento muy lento, muy cuidadoso, muy delicado. Ella se irguió, huyendo de sus dedos, resplandeciente, iluminada, difuminado su brillo en la claridad nebulosa del amanecer. Él se movió, manteniendo la presión de ambas manos le impedía suavemente cambiar de posición. Pero ella, con movimientos de caderas muy decididos, le exigió respuesta.
Él respondió. Ella cesó de intentar escaparse de sus manos, echó la cabeza hacia atrás, dejó caer sus cabellos. Su piel estaba fría y era sorprendentemente lisa. Los ojos que contempló cuando acercó el rostro a su rostro eran grandes y oscuros como los ojos de una ninfa. El balanceo le sumergió en un mar de manzanilla que le agitaba y le murmuraba, embargándole de paz.
El brujo
I
Después dijeron que aquel hombre había venido desde el norte por la Puerta de los Cordeleros. Entró a pie, llevando de las riendas a su caballo. Era por la tarde y los tenderetes de los cordeleros y de los talabarteros estaban ya cerrados y la callejuela se encontraba vacía. La tarde era calurosa pero aquel hombre traía un capote negro sobre los hombros. Llamaba la atención.
Se detuvo ante la venta del Viejo Narakort, se mantuvo de pie un instante, escuchó el rumor de las voces. La venta, como de costumbre a aquella hora, estaba llena de gente.
El desconocido no entró en el Viejo Narakort. Condujo el caballo más adelante, hacia el final de la calle. Allí había otra taberna, más pequeña, llamada El Zorro. Estaba casi vacía. Aquella taberna no gozaba de la mejor fama.
El ventero sacó la cabeza de un cuenco con pepinillos en vinagre y dirigió su mirada hacia el huésped. El extraño, todavía con el capote puesto, estaba de pie frente al mostrador, rígido, inmóvil, en silencio.
—¿Qué va a ser?
—Cerveza —dijo el desconocido. Tenía una voz desagradable.
El posadero se limpió las manos en el delantal de tela y llenó una jarra de barro. La jarra estaba desportillada.
El desconocido no era viejo, pero tenía los cabellos completamente blancos. Por debajo del abrigo llevaba una raída almilla de cuero, anudada por encima de los hombros y bajo las axilas. Cuando se quitó el capote todos se dieron cuenta de que llevaba una espada en un cinturón al dorso. No era esto extraño, pues en Wyzima casi todos portaban armas, pero nadie acostumbraba a llevar el estoque a la espalda como si fuera un arco o una aljaba.
El desconocido no se sentó a la mesa, entre los escasos clientes, continuó de pie delante del mostrador, apuntando hacia el posadero con ojos penetrantes. Bebió un trago.
—Posada busco para la noche.
—Pues no hay —refunfuñó el ventero mirando las botas del cliente, sucias y llenas de polvo—. Preguntad acaso en el Viejo Narakort.
—Preferiría aquí.
—No hay. —El ventero reconoció al fin el acento del desconocido. Era de Rivia.
—Pagaré bien —dijo el extraño muy bajito, como inseguro.
Justo entonces fue cuando comenzó toda esta abominable historia. Un jayán picado de viruelas, que no había apartado su lúgubre mirada del extraño desde el momento mismo de su entrada, se levantó y se acercó al mostrador. Dos de sus camaradas se quedaron por detrás, a menos de dos pasos.
—¡Ya te han dicho que no hay sitio, bellaco, rivio vagabundo! —gargajeó el picado de pie junto al desconocido—. ¡No necesitamos gente como tú aquí, en Wyzima, ésta es una ciudad decente!
El desconocido tomó su jarra y se apartó. Miró al ventero, pero éste evitó sus ojos. No se le ocurriría defender a un rivio. Al fin y al cabo, ¿a quién le gustaban los rivios?
—Todos los rivios son unos ladrones —continuó el picado, dejando un olor a cerveza, ajo y rabia—. ¿Escuchas lo que te digo, degenerado?
—No te oye. Tiene boñigas en las orejas —dijo uno de los que estaban detrás. El otro se rió.
—Paga y lárgate —vociferó el caracañado.
El desconocido le miró por primera vez.
—Cuando termine mi cerveza.
—Te vamos a echar una mano —gruñó el jayán. Arrancó la jarra de las manos del rivio y al mismo tiempo, agarrándole por los hombros, clavó los dedos en las correas de cuero que cruzaban el pecho del extraño. Uno de los de detrás preparó el puño para golpearle. El extraño se revolvió en su sitio, haciendo perder el equilibrio al picado. La espada silbó en el aire y brilló un momento a la luz de las lamparillas. Hubo una agitación. Gritos. Uno de los otros parroquianos se precipitó hacia la salida. Una silla cayó con un crujido, la loza de barro se desparramó por el suelo con un chasquido sordo. El ventero, con los labios temblando, miró a la destrozada cara del picado, cuyos dedos aferrados al borde del mostrador se iban desprendiendo, desapareciendo de la vista como si se hundiera en el agua. Los otros dos estaban tendidos en el suelo. Uno inmóvil, el otro retorciéndose de dolor y agitándose en un charco oscuro que crecía rápidamente. En el ambiente vibró, hiriendo los oídos, un agudo e histérico grito de mujer. El ventero, asustado, tomó aliento y comenzó a vomitar.
El desconocido retrocedió hasta la pared. Encogido, tenso, alerta. Sujetaba la espada con las dos manos, agitando la punta en el aire. Nadie se movía. El miedo, como un viento helado, cubría las caras, soldaba los miembros, cegaba las gargantas.
Un piquete de la ronda, compuesto por tres guardias, entró en la venta con estruendo. Debía de haber estado cerca. Para el servicio llevaban porras envueltas en tiras de cuero pero, al ver los cuerpos, echaron mano con rapidez a los estoques. El rivio pegó la espalda contra la pared y con la mano izquierda sacó un estilete de la bota.
—¡Tira eso! —vociferó uno de los guardias con la voz temblona—. ¡Tíralo, canalla! ¡Te vienes con nosotros!
Otro guardia dio una patada a la mesa que le impedía acercarse al rivio por detrás.
—¡Ve a por refuerzo, Treska! —gritó al tercero, que estaba más cerca de la puerta.
—No hace falta —dijo el extraño, bajando la espada—. Iré por mi propio pie.

 

Andrzej Sapkowski
El último deseo

La soledad era esto

Primera parte

Uno

Elena estaba depilándose las piernas en el cuarto de baño cuando sonó el teléfono y le comunicaron que su madre acababa de morir. Miró el reloj instintivamente y procuró retener la hora en la cabeza; las seis y media de la tarde. Aunque los días habían comenzado a alargar, era casi de noche por efecto de unas nubes que desde el mediodía se habían ido colocando en forma de techo sobre la ciudad. La mejor hora de la tarde para irse de este mundo, pensó cogida al teléfono mientras escuchaba a su marido que, desde el otro lado de la línea, intentaba resultar eficaz y cariñoso al mismo tiempo.
—Yo paso a recogerte —dijo— y vamos juntos al hospital. Tu hermano ya está allí.
— ¿Y mi hermana? —preguntó— ¿Quién avisa a mi hermana?
—Acabo de hablar con su marido y vendrán esta misma noche en un avión que sale a las diez de Barcelona. No te preocupes de las cuestiones prácticas. Arréglate y espera a que yo vaya por ahí. Elena colgó el teléfono y se sentó en el sofá a digerir la noticia; con la mano derecha iba arrancándose las costras de cera que endurecían la pierna correspondiente a ese lado del cuerpo, mientras sus ojos paseaban por las paredes del salón sin registrar nada de cuanto veían. Cuando regresó al cuarto de baño, la cera se había endurecido, de manera que renunció a depilarse la pierna izquierda. Se quitó la bata y se metió debajo de la ducha en una postura que sugería cierto desamparo, pero no llegó a llorar. Parecía así confirmarse una antigua idea según la cual la muerte de su madre, cuando llegara a suceder, constituiría un trámite burocrático, un papeleo que vendría a sancionar algo pasado, porque para Elena su madre estaba muerta desde hacía mucho tiempo. Eligió unas medias oscuras para que no se notase que llevaba una pierna sin depilar y se puso una ropa interior algo provocativa que desmentía ante sí misma el duelo que intentaba expresar el oscuro traje de chaqueta rescatado de las profundidades del armario. Prefirió no maquillarse ni retocarse los ojos, pero se arregló el pelo recogiéndose en la nuca la melena. No quería transmitir desolación, sino un desaliño que podría atribuirse a la prisa por salir de casa una vez conocida la noticia. Dudó si darse un toque de carmín en los labios, pero finalmente decidió que tal como había quedado estaba bastante hermosa, aun cuando se tratara de una hermosura en decadencia por la que habían pasado ya cuarenta y tres años, cuarenta y tres años que no habían logrado destruir el brillo de sus ojos ni corregir el gesto desafiante de sus labios. Se torció la falda para acentuar la sensación de urgencia y regresó al salón, donde lió un porro que fumó junto al ventanal contemplando las oscilaciones de la luz. Vivía en un piso alto de la zona norte de Madrid, desde donde se divisaba un paisaje urbano que parecía cambiar de forma en función de las tonalidades de los meses. Ahora era febrero y había oscurecido, de manera que los edificios, con las luces de las ventanas encendidas, invitaban al recogimiento. Pensó en Mercedes, su hija, y reprimió el impulso de telefonearla, pues imaginaba que ya se habría encargado de ello su marido. Cuando apagó el canuto, intentó elaborar un pensamiento brillante o trágico, adecuado a la pérdida que acababa de padecer, pero no se le ocurrió nada.

La soledad era esto
Juan José Millás

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