MissMagners

le monde c'est un collage

Caroline

Septermber 1939

If I’d known I was about to meet the man who’d shatter me like bone china on terra-cotta, I would have slept in.

 

Lilac Girls
Martha Hall Kelly

 

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En el hogar paterno

En el hogar paterno

Considero una predestinación feliz haber nacido en la pequeña ciudad de Braunau sobre el Inn; Braunau, situada precisamente en la frontera de esos dos Estados alemanes, cuya fusión se nos presenta —por lo menos a nosotros los jóvenes— como un cometido vital que bien merece realizarse a todo trance.
La Austria germana debe volver al acervo común de la patria alemana, y no por razón alguna de índole económica. No, de ningún modo, pues, aun en el caso de que esa unión considerada económicamente fuese indiferente o resultase incluso perjudicial, debería llevarse a cabo, a pesar de todo. Pueblos de la misma sangre corresponden a una patria común. Mientras el pueblo alemán no pueda reunir a sus hijos bajo un mismo Estado, carecerá de un derecho, moralmente justificado, para aspirar a una acción de política colonial. Sólo cuando el Reich abarcando la vida del último alemán no tenga ya la posibilidad de asegurar a éste la subsistencia, surgirá de la necesidad del propio pueblo, la justificación moral de adquirir posesión sobre tierras en el extranjero. El arado se convertirá entonces en espada y de las lágrimas de la guerra brotará para la posteridad el pan cotidiano.

La pequeña población fronteriza de Braunau me parece constituir el símbolo de una gran obra. Aun en otro sentido se yergue también hoy ese lugar como una advertencia al porvenir. Cuando esta insignificante población fue —hace más de cien años— escenario de un trágico suceso que conmovió a toda la nación alemana, su nombre quedó inmortalizado por los menos en los anales de la historia de Alemania. En la época de la más terrible humillación impuesta a nuestra patria rindió allá su vida por su adorada Alemania el librero de Nüremberg, Johannes Philipp Palm, obstinado «nacionalista» y enemigo de los franceses. Se había negado rotundamente a delatar a sus cómplices, mejor dicho a los verdaderos culpables. Murió, igual que Leo Schlagetter, y como éste, Johannes Philip Palm fue también denunciado a Francia por un funcionario. Un director de la policía de Augsburgo cobró la triste fama de la denuncia y creó con ello el tipo que las nuevas autoridades alemanas adoptaron bajo la égida del señor Severing.

En esa pequeña ciudad sobre el Inn, bávara de origen, austríaca políticamente y ennoblecida por el martirologio alemán vivieron mis padres allá por el año 1890. Mi padre era un leal y honrado funcionario, mi madre, ocupada en los quehaceres del hogar, tuvo siempre para sus hijos invariable y cariñosa solicitud. Poco retiene mi memoria de aquel tiempo, pues, pronto mi padre tuvo que abandonar ese pueblo que había ganado su afecto, para ir a ocupar un nuevo puesto en Passau, es decir, en Alemania.
En aquellos tiempos la suerte del aduanero austríaco era «peregrinar» a menudo; de ahí que mi padre tuviera que pasar a Linz, donde acabó por jubilarse. Ciertamente que esto no debió significar un descanso para el anciano. Mi padre, hijo de un simple y pobre campesino, no había podido resignarse en su juventud a quedar en la casa paterna. No tenía todavía trece años, cuando lió su morral y se marchó del terruño. Iba a Viena, desoyendo el consejo de aldeanos de experiencia, para aprender allí un oficio. Ocurría esto el año 50 del pasado siglo. ¡Grave resolución la de lanzarse en busca de lo desconocido sólo provisto de tres florines! Pero cuando el adolescente cumplía los diez y siete años y había realizado ya su examen de oficial de taller para llegar a ser «algo mejor». Si cuando niño, en la aldea, le parecía el señor cura la expresión de lo más alto que humanamente podía alcanzarse, ahora —dentro de su esfera enormemente ampliada por la gran urbelo era el funcionario público. Con la tenacidad propia de un hombre, ya casi envejecido en la adolescencia por las penalidades de la vida, se aferró el muchacho a su resolución de llegar a ser funcionario y lo fue. Creo que poco después de cumplir los 23 años, consiguió su propósito.
Cuando finalmente a la edad de 56 años se jubiló, no habría podido conformarse a vivir como un desocupado. Y he ahí que en los alrededores de la población austríaca de Lambach, adquirió una pequeña propiedad agrícola; la administró personalmente y así volvió después de una larga y trabajosa vida a la actividad originaria de sus mayores.
Fue sin duda en aquella época cuando forjé mis primeros ideales. Mis ajetreos infantiles al aire libre, el largo camino a la escuela y la camaradería que mantenía con muchachos robustos, que era frecuentemente motivo de hondos cuidados para mi madre, pudieron haber hecho de mí cualquier cosa menos un poltrón.
Si bien por entonces no me preocupaba seriamente la idea de mi profesión futura, sabía en cambio que mis simpatías no se inclinaban en modo alguno a la carrera de mi padre. Creo que ya entonces mis dotes oratorias se ejercitaban en altercados más o menos violentos con mis condiscípulos. Me había hecho un pequeño caudillo que aprendía bien y con facilidad en la escuela, pero que se dejaba tratar difícilmente.

En el estante de libros de mi padre encontré diversas obras militares, entre ellas una edición popular de la guerra franco-prusiana de 1870-71. Se trataba de dos tomos de una revista ilustrada de aquella época e hice de ellos mi lectura predilecta. Desde entonces me entusiasmó cada vez más todo aquello que tenía alguna relación con la guerra o con la vida militar.

Pero también en otro sentido debió esto tener significación para mí. Por primera vez —aunque en forma poco precisa— surgió en mi mente el interrogante de si realmente existía y, caso de existir, cuál podría ser, la diferencia entre los alemanes que combatieron en la guerra del 70 y los otros alemanes —los austríacos—. Me preguntaba ¿por qué Austria no tomó también parte en esa guerra al lado de Alemania? ¿Acaso no somos todos lo mismo?, me decía yo. Este problema comenzó a preocupar mi mente juvenil. A mis cautelosas preguntas debí oír con íntima emulación la respuesta de que no todo alemán tenía la suerte de pertenecer al Reich de Bismark.
Esto era para mi inexplicable.

 

Adolf Hitler
Mi lucha

A Doorway in Boston

PROLOGUE
A Doorway in Boston
IT WAS A blustery November day, cold but bright, and I was lost. The directions I‘d printed off the Internet weren‘t doing me any good. The road map that had looked so simple on my computer screen had turned into a ball of real-world confusion—thanks to Boston‘s cow-path roads and its plague of twisted street signs. As the digits of my dashboard clock clicked past the scheduled time for my lunch meeting, I decided I‘d have better luck on foot. I pulled into an open parking space across from the high green walls of Fenway Park, got out of the car, and asked a passerby for directions. He pointed me to a nearby street and, at last able to follow the twists and turns of my MapQuest printout, I soon arrived at the right place: a hulking gray building at the end of a litter-strewn side street.
At least I thought it was the right place. I was looking for a company named VeriCenter, but there was no name on the building—just a beat-up little sign with a street number hanging from a post above a heavy steel door. I double-checked the address: it was definitely the right number. So I pushed the door open and walked into the world‘s most unwelcoming entryway: no furniture, no window, no company directory, no nothing. Just a black phone without a keypad on the wall beside another heavy steel door.

I lifted the phone and a man‘s voice came on the line. I gave him my name and the name of the person I‘d come to meet, and he buzzed me through—into a second entryway, nearly as barren as the first. The man, a security guard, sat behind a metal desk. He put my driver‘s license through a tiny scanner, printed a blurry image of my face onto a visitor‘s pass, then had me sit in a chair beside an elevator. Someone would be down in a minute, he said. By this time, I was starting to wish I had stuck to my guns and turned down the meeting. A guy from VeriCenter‘s PR firm had been sending me emails for some time, and I‘d been diligently forwarding them into
the electronic trash bin. But when he managed to get hold of me by phone, I gave in and agreed to a meeting. Here I was, then perched on an uncomfortable chair in what appeared to be a dilapidated factory on the Friday before Thanksgiving in 2004.

 

Nicholas Carr
The Big Switch

 

La creación

Poema indio

I

     Los aéreos picos del Himalaya se coronan de nieblas oscuras en cuyo seno hierve el rayo, y sobre las llanuras que se extienden a sus pies flotan nubes de ópalo, que derraman sobre las flores un rocío de perlas.

     Sobre la onda pura del Ganges se mece la simbólica flor del loto, y en la ribera aguarda su víctima el cocodrilo, verde como las hojas de las plantas acuáticas, que lo esconden a los ojos del viajero.

     En las selvas del Indostán hay árboles gigantescos, cuyas ramas ofrecen un pabellón al cansado peregrino, y otros cuya sombra letal lo llevan desde el sueño a la muerte.

     El amor es un caos de luz y de tinieblas; la mujer, una amalgama de perjurios y ternura; el hombre un abismo de grandeza y pequeñez; la vida, en fin, puede compararse a una larga cadena con eslabones de hierro y de oro.

Leyendas. La creación
Gustavo Adolfo Bécquer

El diablo viste de Prada

Capítulo 1
El semáforo aún no se había puesto verde en el cruce de la Diecisiete con Broadway cuando un ejército de prepotentes taxis amarillos adelantó rugiendo la diminuta trampa mortal que yo estaba intentando pilotar por las calles de la ciudad. Embrague, gas, cambio (¿de punto muerto a primera o de primera a segunda?), suelta embrague, me repetía mentalmente, mantra que a duras penas me brindaba consuelo, y no digamos orientación, en medio del chirriante tráfico del mediodía. El cochecito corcoveó salvajemente dos veces antes de salvar el cruce dando bandazos. El corazón me iba a cien. Los bandazos menguaron sin previo aviso y empezamos a ganar velocidad. Mucha velocidad. Bajé la mirada para comprobar que solo iba en segunda, pero en ese momento la parte trasera de un taxi se me apareció tan enorme frente al parabrisas que no tuve más remedio que clavar el pie en el freno con tanto vigor que se me saltó el tacón. ¡Mierda! Otros zapatos de setecientos dólares sacrificados por mi total falta de elegancia en situaciones tensas; el tercer destrozo de esa índole en lo que iba de mes. Cuando el coche se caló, casi me sentí aliviada (como es lógico, al frenar para salvar la vida había olvidado apretar el embrague). Dispuse de unos segundos —segundos de paz si hacía caso omiso de los bocinazos coléricos y las diversas versiones de «gilipollas» que me llegaban de todas direcciones— para quitarme mis Manolo destaconados y arrojarlos al asiento del copiloto. No tenía dónde secarme el sudor de las manos salvo en los pantalones Gucci de ante, los cuales «abrazaban» mis muslos y caderas con tanto entusiasmo que ya había empezado a notar un hormigueo al poco rato de abrocharme el último botón. Los dedos dejaron vetas húmedas en el ante que cubría mis ahora entumecidos muslos. Tratar de conducir este descapotable de 84.000 dólares, con cambio manual, por la plaga de obstáculos que ofrecía el centro de la ciudad a la hora de comer pedía a gritos un cigarrillo.
—¡Joder, tía, muévete! —vociferó un conductor de tez tostada cuyo vello pectoral amenazaba con desbordar la camiseta de tirantes—. ¿Dónde crees que estás? ¿En una puta autoescuela? ¡Quítate de en medio!
Alcé una mano temblorosa para enseñarle el dedo corazón y me concentré en lo que más me interesaba en ese momento: conseguir que la nicotina navegara por mis venas con la máxima rapidez posible. Las manos volvían a sudarme, hecho confirmado por las cerillas que resbalaban constantemente hasta el suelo. El semáforo se puso verde justo en el momento en que lograba que el fuego hiciera contacto con la punta del cigarrillo, el cual me vi obligada a dejar suspendido entre los labios mientras sorteaba el laberíntico embrague, gas, cambio (¿de punto muerto a primera o de primera a segunda?), suelta embrague y el humo entraba y salía de la boca al ritmo de mi respiración. Tardé tres manzanas en conseguir que el coche circulara con la suficiente suavidad para permitirme retirar el cigarrillo de los labios, pero para entonces ya era demasiado tarde: el largo y precario renglón de ceniza había caído justo encima de la mancha de sudor de mis Gucci de ante. Impresionante. Antes de que pudiera calcular que, contando los Manolo, había destrozado 3.100 dólares de mercancía en menos de tres minutos, mi móvil aulló con estridencia. Y como si la esencia misma de la vida no fuera ya un desastre en ese preciso momento, el identificador de llamadas confirmó mi mayor temor: era Ella. Miranda Priestly. Mi jefa.
—¡An-dre-aaa! ¡An-dre-aaa! ¿Me oyes, An-dre-aaa? —trinó en cuanto abrí la tapa de mi Motorola, proeza nada desdeñable teniendo en cuenta que mis manos y pies (descalzos) ya estaban batallando con otras obligaciones.
Me puse el teléfono entre la oreja y el hombro y arrojé por la ventanilla el cigarrillo, el cual estuvo a punto de aterrizar en un mensajero ciclista que escupió algunos «gilipollas» antes de seguir su camino.
—Hola, Miranda. Sí, te oigo perfectamente.
—An-dre-aaa, ¿dónde está mi coche? ¿Lo has dejado ya en el garaje?
Por fortuna, el semáforo se puso rojo, y tenía pinta de ser de los largos. El vehículo se detuvo sin chocar contra nada ni nadie y respiré aliviada.
—Ahora mismo estoy en el coche, Miranda. Llegaré al aparcamiento dentro de unos minutos.
Supuse que quería asegurarse de que todo iba bien, de modo que le comuniqué que no había ningún problema y que en breve llegaríamos a nuestro destino en perfecto estado.
—No importa —me interrumpió con brusquedad—. Necesito que recojas a Madelaine y la dejes en el apartamento antes de regresar a la oficina.
Clic. La comunicación se cortó. Contemplé el teléfono unos segundos antes de comprender que Miranda había colgado porque ya me había facilitado todos los detalles que podía esperar de ella. Madelaine. ¿Quién demonios era Madelaine? ¿Dónde se encontraba en ese momento? ¿Sabía ella que yo tenía que recogerla? ¿Por qué debía dejarla en el apartamento de Miranda? ¿Y por qué —teniendo en cuenta que Miranda disponía de chófer, criada y niñera permanentes— me tocaba hacerlo a mí?
Tras recordar que en Nueva York era ilegal hablar por teléfono mientras conducías y decirme que lo último que necesitaba en ese momento era un encuentro con un poli responsable, me detuve en el carril bus y puse los intermitentes. Inspira, espira, me repetí, y hasta me acordé de poner el freno de mano antes de retirar el pie del pedal. Hacía muchos años que no conducía un coche con cambio manual —cinco, para ser exacta, desde que un novio del instituto me había ofrecido el suyo para algunas lecciones que suspendí rotundamente—, pero Miranda no había tenido en cuenta ese detalle cuando, hora y media antes, me convocó en su despacho.
«An-dre-aaa, necesito que recojas el coche y lo lleves al aparcamiento. Y ahora mismo, porque lo necesitaremos esta noche para ir a los Hamptons. Eso es todo.» Me quedé clavada en la moqueta frente a su descomunal escritorio, pero ella ya había borrado de su mente mi presencia. O eso pensaba yo. «Eso es todo, An-dre-aaa, muévete», añadió sin levantar la vista.
Cómo no, Miranda, pensé mientras me iba y trataba de decidir el primer paso de una tarea que prometía un millón de escollos por el camino. Lo primero que debía hacer, sin duda, era averiguar dónde estaba el automóvil. Lo más probable era que lo estuvieran reparando en el concesionario, o sea, en cualquiera de los miles de concesionarios que había repartidos por los cinco distintos de la ciudad. O quizá se lo había prestado a una amiga y ahora descansaba en una plaza de aparcamiento con todos los servicios de Park Avenue. Claro que siempre existía la posibilidad de que se estuviera refiriendo a un coche nuevo —marca desconocida— que había comprado recientemente y todavía se hallaba en el (desconocido) concesionario. Tenía mucho trabajo por delante.

 

 

El diablo viste de Prada
Lauren Wisbergen

Manolito Gafotas

El ultimo mono


Me llamo Manolito García Moreno, pero si tú entras a mi barrio y le preguntas al primer tío que pase:
–Oiga, por favor, ¿Manolito García Moreno?
El tío, una de dos, o se encoge de hombros o te suelta:
–Oiga, y a mí qué me cuenta.
Porque por Manolito García Moreno no me conoce ni el Orejones López, que es mi mejor amigo, aunque algunas veces sea un cochino y un traidor y otras, un cochino traidor, así, todo junto y con todas sus letras, pero es mi mejor amigo y mola un pegote.
En Carabanchel, que es mi barrio, por si no te lo había dicho, todo el mundo me conoce por Manolito Gafotas. Todo el mundo que me conoce, claro. Los que no me conocen no saben ni que llevo gafas desde que tenía cinco años. Ahora, que ellos se lo pierden.
Me pusieron Manolito por el camión de mi padre y al camión le pusieron Manolito por mi padre, que se llama Manolo. A mi padre le pusieron Manolo por su padre, y así hasta el principio de los tiempos. O sea, que por si no lo sabe Steven Spielberg, el primer dinosaurio Velociraptor se llamaba Manolo, y así hasta nuestros días. Hasta el último Manolito García, que soy yo, el último mono. Así es como me llama mi madre en algunos momentos cruciales, y no me llama así porque sea una investigadora de los orígenes de la humanidad. Me llama así cuando está a punto de soltarme una galleta o colleja. A mí me fastidia que me llame el último mono, y a ella le fastidia que en el barrio me llamen el Gafotas. Está visto que nos fastidian cosas distintas aunque seamos de la misma familia.
A mí me gusta que me llamen Gafotas. En mi colegio, que es el «Diego Velázquez», todo el mundo que es un poco importante tiene un mote. Antes de tener un mote yo lloraba bastante. Cuando un chulito se metía conmigo en el recreo siempre acababa insultándome y llamándome cuatro-ojos o gafotas. Desde que soy Manolito Gafotas insultarme es una pérdida de tiempo. Bueno, también me pueden llamar Cabezón, pero eso de momento no se les ha ocurrido y desde luego yo no pienso dar pistas. Lo mismo le pasaba a mi amigo el Orejones López; desde que tiene su mote ahora ya nadie se mete con sus orejas.
Hubo un día que discutimos a patadas cuando volvíamos del colegio porque él decía que prefería sus orejas a mis gafas de culo de vaso y yo le decía que prefería mis gafas a sus orejas de culo de mono.
Eso de culo de mono no le gustó nada, pero es verdad. Cuando hace frío las orejas se le ponen del mismo color que el culo de los monos del zoo; eso está demostrado ante notario. La madre del Orejones le ha dicho que no se preocupe porque de mayor las orejas se encogen; y si no se encogen, te las corta un cirujano y santas pascuas.
La madre del Orejones mola un pegote porque está divorciada, y como se siente culpable nunca le levanta la mano al Orejones para que no se le haga más grande el trauma que le está curando la señorita Esperanza, que es la psicóloga de mi colegio. Mi madre tampoco quiere que me coja traumas pero, como no está divorciada, me da de vez en cuando una colleja, que es su especialidad.
La colleja es una torta que te da una madre, o en su defecto cualquiera, en esa parte del cuerpo humano que se llama nuca. No es porque sea mi madre, pero la verdad es que es una experta como hay pocas. A mi abuelo no le gusta que mi madre me dé collejas y siempre le dice: «Si le vas a pegar dale un poco más abajo, mujer, no le des en la cabeza, que está estudiando.»
Mi abuelo mola, mola mucho, mola un pegote. Hace tres años se vino del pueblo y mi madre cerró la terraza con aluminio visto y puso un sofá cama para que durmiéramos mi abuelo y yo. Todas las noches le saco la cama. Es un rollo mortal sacarle la cama, pero me aguanto muy contento porque luego siempre me da veinticinco pesetas en una moneda para mi cerdo -no es un cerdo de verdad, es una hucha- y me estoy haciendo inmensamente rico.
Hay veces que me llama el príncipe heredero porque dice que todo lo que tiene ahorrado de su pensión será para mí. A mi madre no le gusta que hablemos de la muerte, pero mi abuelo dice que en los cinco años de vida que le quedan piensa hablar de lo que le dé la gana.
Mi abuelo siempre dice que quiere morirse antes del año 2000; dice que no tiene ganas de ver lo que pasará en el próximo siglo, que para siglos ya ha tenido bastante con éste. Está empeñado en morirse en 1999 y de la próstata, porque ya que lleva un montón de tiempo aguantando el rollo de la próstata, tendría poca gracia morirse de otra cosa.
Yo le he dicho que prefiero heredar todo lo de su pensión sin que él se muera, porque dormir con mi abuelo Nicolás mola mucho, mola un pegote. Nos dormimos todas las noches con la radio puesta y si mi madre prueba a quitamos la radio nos despertamos.

 

Manolito Gafotas
Elvira Lindo

La piel fría

I

Nunca estamos infinitamente lejos de aquellos a quienes odiamos. Por la misma razón, pues, podríamos creer que nunca estaremos absolutamente cerca de aquellos a quienes amamos. Cuando me embarqué ya conocía este principio atroz. Pero hay verdades que merecen nuestra atención, y hay otras con las que no conviene mantener diálogos.
Tuvimos la primera visión de la isla al amanecer. Hacía treinta y tres días que los delfines habían renunciado a nuestra popa y diecinueve que la tripulación arrojaba nubes de vaho por la boca. Los marineros escoceses se protegían con manoplas que les llegaban hasta el codo. Vestían pieles tan contundentes que hacían pensar en cuerpos de morsa. Para los senegaleses aquellas latitudes frías eran un suplicio, y el capitán toleraba que empleasen aceite de patata como maquillaje protector, en las mejillas y en la frente. La materia se diluía y se les filtraba por los ojos. Lloraban, pero nunca se quejaban.
—Su isla. Fíjese allí, en el último horizonte —me dijo el capitán.
No supe verla. Sólo aquel mar frío, como siempre, taponado por nubes distantes. A pesar de que estábamos muy al sur, las formas y los peligros de los icebergs antárticos no habían animado la travesía. Ninguna montaña de hielo, ni rastro de aquellos gigantes a la deriva, naturales y espectaculares. Sufríamos los inconvenientes del sur pero se nos negaba su majestuosidad. Mi destino, pues, estaba en el umbral de una frontera gélida que nunca traspasaría. El capitán me dio el catalejo. ¿Y ahora? ¿La ve? Sí, la vi. Una tierra aplastada entre los grises del océano y del cielo, rodeada por un collar de espuma blanca. Nada más. Tuve que esperar toda una hora. Después, a medida que nos acercábamos, los contornos fueron haciéndose visibles a simple vista.
Allí estaba mi futura residencia: una extensión que de punta a punta a duras penas alcanzaba el kilómetro y medio, en forma de letra ele. El extremo norte era una elevación granítica ocupada por el faro. Destacaba su altura de campanario. No imponía exactamente por su magnitud, pero las reducidas dimensiones de la isla le otorgaban, por contraste, una consistencia megalítica. Al sur, en el talón de la ele, una prominencia menor, donde asomaba la casa del oficial atmosférico. O sea, la mía. Las dos construcciones se unían por una especie de valle estrecho donde proliferaba la vegetación húmeda. Los árboles crecían como un rebaño de reses, apretándose los unos contra los otros, buscando refugio en los cuerpos ajenos. El musgo los abrigaba. Un musgo más compacto que los matorrales de los jardines y alto hasta la rodilla, fenómeno curioso. Manchaba los troncos como una lepra de tres colores: azul, violeta y negro.
La isla estaba rodeada por arrecifes menores, diseminados aquí y allá. Esto hacía del todo imposible fondear a menos de trescientos metros de su única playa, que se extendía al pie de la casa. Por tanto, no quedaba más remedio que cargar mi equipaje y mi persona en una chalupa. Que el capitán me acompañara a tierra firme debía entenderse como una amabilidad gratuita. Nada le obligaba a ello. Pero a lo largo del viaje se había iniciado entre nosotros una de esas relaciones de mutuo entendimiento que, a veces, surgen entre hombres de generaciones diferentes. Tenía sus orígenes en los barrios portuarios de Hamburgo, después se ganó la patria danesa. Si algo lo definía eran los ojos. Cuando miraba a alguien no existía nada más en el mundo. Ponderaba a los individuos con criterio de entomólogo y las situaciones con carácter de experto. Algunos incluso lo confundirían con severidad. Yo creo que aquélla era su manera de aplicar los ideales tolerantes que escondía en la recámara de su espíritu. Nunca confesaría su amor al prójimo con palabras, pero le dedicaba todos sus actos. Siempre me trató con la gentileza del verdugo por encargo. Si podía hacer algo por mí, lo haría. Al fin y al cabo, ¿quién era yo? Un hombre más cercano a la juventud que a la madurez, destinado a una isla minúscula barrida por aires de estigma polar. Durante doce meses tendría que vivir allí, en una soledad de exilio, lejos de toda costa civilizada, con un trabajo tan monótono como insignificante: anotar la intensidad, dirección y frecuencia de los vientos. Los convenios de marina internacional así lo estipulaban. Naturalmente, el sueldo era bueno. Pero nadie aceptaba un destino como aquél por dinero.

 

La piel fría
Albert Sánchez Piñol

La Colmena

1

—No perdamos la perspectiva, yo ya estoy harta de decirlo, es lo único importante.
Doña Rosa va y viene por entre las mesas del Café, tropezando a los clientes con su tremendo trasero. Doña Rosa dice con frecuencia “leñe” y “nos ha merengao”. Para doña Rosa, el mundo es su Café, y alrededor de su Café, todo lo demás. Hay quien dice que a doña Rosa le brillan los ojillos cuando viene la primavera y las muchachas empiezan a andar de manga corta. Yo creo que todo eso son habladurías: doña Rosa no hubiera soltado jamás un buen amadeo de plata por nada de este mundo. Ni con primavera ni sin ella. A doña Rosa lo que le gusta es arrastrar sus arrobas, sin más ni más, por entre las mesas. Fuma tabaco de noventa, cuando está a solas, y bebe ojén, buenas copas de ojén, desde que se levanta hasta que se acuesta. Después tose y sonríe. Cuando está de buenas, se sienta en la cocina, en una banqueta baja, y lee novelas y folletines, cuanto más sangrientos, mejor: todo alimenta. Entonces le gasta bromas a la gente y les cuenta el crimen de la calle de Bordadores o el del expreso de Andalucía.
—El padre de Navarrete, que era amigo del general don Miguel Primo de Rivera, lo fue a ver, se plantó de rodillas y le dijo: “Mi general, indulte usted a mi hijo, por amor de Dios”; y don Miguel, aunque tenía un corazón de oro, le respondió: “Me es imposible, amigo Navarrete; su hijo tiene que expiar sus culpas en el garrote”.
—”¡Qué tíos! —piensa—, ¡hay que tener ríñones!” Doña Rosa tiene la cara llena de manchas, parece que está siempre mudando la piel como un lagarto. Cuando está pensativa, se distrae y se saca virutas de la cara, largas a veces como tiras de serpentinas. Después vuelve a la realidad y se pasea otra vez, para arriba y para bajo, sonriendo a los clientes, a los que odia en el fondo, con sus dientecillos renegridos, llenos de basura.
Don Leonardo Meléndez debe seis mil duros a Segundo Segura, el limpia. El limpia, que es un grullo, que es igual que un grullo raquítico y entumecido, estuvo ahorrando durante un montón de años para después prestárselo todo a don Leonardo. Le está bien empleado lo que le pasa. Don Leonardo es un punto que vive del sable y de planear negocios que después nunca salen. No es que salgan mal, no; es que, simplemente, no salen, ni bien ni mal. Don Leonardo lleva unas corbatas muy lucidas y se da fijador en el pelo, un fijador muy perfumado que huele desde lejos. Tiene aires de gran señor y un aplomo inmenso, un aplomo de hombre muy corrido. A mí no me parece que la haya corrido demasiado, pero la verdad es que sus ademanes son los de un hombre a quien nunca faltaron cinco duros en la cartera. A los acreedores los trata a patadas y los acreedores le sonríen y le ademanes son los de un hombre a quien nunca faltaron cinco duros en la cartera. A los acreedores los trata a patadas y los acreedores le sonríen y le miran con aprecio, por lo menos por fuera. No faltó quien pensara en meterlo en el juzgado y empapelarlo, pero el caso es que hasta ahora nadie había roto el fuego. A don Leonardo, lo que más le gusta decir son dos cosas: palabritas del francés, como, por ejemplo, “madame” y “rué” y “cravate”, y también “nosotros los Meléndez”. Don Leonardo es un hombre culto, un hombre que denota saber muchas cosas. Juega siempre un par de partiditas de damas y no bebe nunca más que café con leche. A los de las mesas próximas que ve fumando tabaco rubio les dice, muy fino: “¿Me da usted un papel de fumar? Quisiera liar un pitillo de picadura, pero me encuentro sin papel”. Entonces el otro se confia: “No, no gasto. Si quiere usted un pitillo hecho…” Don Leonardo pone un gesto ambiguo y tarda unos segundos en responder: “Bueno, fumaremos rubio por variar. A mí la hebra no me gusta mucho, créame usted”. A veces el de al lado le dice no más que “no, papel no tengo, siento no poder complacerle”, y entonces don Leonardo se queda sin fumar.
Acodados sobre el viejo, sobre el costroso mármol de los veladores, los clientes ven pasar a la dueña, casi sin mirarla ya, mientras piensan, vagamente, en ese mundo que, ¡ay!, no fue lo que pudo haber sido, en ese mundo en el que todo ha ido fallando poco a poco, sin que nadie se lo explicase, a lo mejor por una minucia insignificante. Muchos de los mármoles de los veladores han sido antes lápidas en las Sacramentales; en algunos, que todavía guardan las letras, un ciego podría leer, pasando las yemas de los dedos por debajo de la mesa: “Aquí yacen los restos mortales de la señorita Esperanza Redondo, muerta en la flor de la juventud”, o bien “R. I. P. el Excmo. Sr. D. Ramiro López Puente. Subsecretario de Fomento”.
Los clientes de los Cafés son gentes que creen que las cosas pasan porque sí, que no merece la pena poner remedio a nada. En el de doña Rosa, todos fuman y los más meditan, a solas, sobre las pobres, amables, entrañables cosas que les llenan o les vacían la vida entera. Hay quien pone al silencio un ademán soñador, de imprecisa recordación, y hay también quien hace memoria con la cara absorta y en la cara pintado el gesto de la bestia ruin, de la amorosa, suplicante bestia cansada: la mano sujetando la frente y el mirar lleno de amargura como un mar encalmado.

 

La Colmena
Camilo José Cela

Las ardillas de Central Park están tristes los lunes

PRIMERA PARTE

Hortense sujetó la botella de champaña por el cuello y la volcó dentro de la cubitera. La botella estaba llena e hizo un ruido extraño. El golpe del cristal contra la pared metálica, el crepitar de los cubitos de hielo triturados, y después un borboteo, seguido de un petardeo de burbujas que estallaron en la superficie formando una espuma traslúcida.
El camarero, vestido con chaqueta blanca y pajarita negra, arqueó una ceja.
—¡Este champaña es un asco! —gruñó Hortense en francés, mientras daba un golpecito al culo de la botella—. Cuando alguien no puede permitirse una buena marca, no debería servir otra que revuelva las tripas…
Cogió una segunda botella y repitió su acto de sabotaje.
El rostro del camarero enrojeció. Miraba estupefacto cómo la botella se vaciaba lentamente y parecía preguntarse si debía dar la voz de alarma. Lanzó una mirada circular, buscando un testigo del vandalismo de esa chica, que derramaba botellas mientras profería insultos. Estaba sudando, y las gotas resaltaban el rosario de forúnculos que adornaba su frente. Otro paleto inglés de los que babean delante de cualquier zumo de uva que tenga gas, se dijo Hortense mientras se alisaba un mechón rebelde que se recogió detrás de la oreja. Él no dejaba de mirarla, dispuesto a agarrarla por la cintura si seguía con lo que estaba haciendo.
—¿Es que tengo monos en la cara?
Esa noche tenía ganas de hablar francés. Esa noche tenía ganas de poner bombas. Esa noche necesitaba despellejar a algún inocente, y ese camarero tenía todas las papeletas para que le diesen el papel de víctima. Hay gente así, a la que dan ganas de pinchar hasta hacerle sangre, de humillarla, de torturarla. Había nacido en el lugar equivocado. Le habían tocado malas cartas.
—¡Anda que no eres feo! ¡Me haces daño a la vista, con esas bombillas rojas plantadas en la frente!
El camarero tragó saliva, se aclaró la garganta y soltó:
—¿Eres siempre así de rastrera o estás haciendo un esfuerzo especial para mí?
—¿Eres francés?
—De Montélimar.
—El nougat [1] es malo para los dientes… y para la piel. Deberías dejarlo, te van a explotar las pústulas…
—¡Oye, gilipollas! ¿Qué te has tragado hoy para estar tan asquerosa?
Una humillación. Me he tragado una humillación y todavía no me lo creo. Se ha atrevido a hacerlo. Delante de mis narices, como si yo fuera transparente. Me dijo…, ¿qué fue lo que me dijo?…, y me lo creí. Me levanté las faldas y salí a correr los cien metros en menos de ocho segundos. Soy tan gilipollas como este tío rosáceo, lleno de granos y con cara de nougat.
—Porque, normalmente, cuando la gente es agresiva es porque no es feliz…
—Vale ya, Padre Pío, quítate la sotana y sírveme una Coca-Cola…
—¡Espero que el que te ha puesto en ese estado te siga haciendo sufrir mucho tiempo!
—¡Vaya, un psicólogo experto! ¿Eres tirando a lacaniano o a freudiano? ¡Cuéntamelo, anda, que tu conversación por fin se está volviendo apasionante!
Cogió el vaso que el camarero le tendía, lo levantó hacia él para brindar y se alejó cabeceando entre la multitud de invitados. ¡Vaya suerte que tengo! ¡Un francés! Repugnante y sudoroso. Vestimenta obligatoria: pantalón negro, camisa blanca, sin joyas y el pelo peinado hacia atrás. Gana cinco libras por hora y le tratan como a un perro sarnoso. Un estudiante en busca de algún dinero extra, o un pelagatos huyendo de las treinta y cinco horas semanales para ganar un montón de pasta. Puedo elegir. El único problema es que no me interesa. Para nada. ¡No invertiría trescientos euros en un par de zapatos por él! ¡Ni siquiera me compraría los cordones!
Estuvo a punto de tropezar, no perdió el equilibrio por los pelos, se miró la suela del zapato, y constató que un chicle rosa coronaba la punta del tacón de baquelita malva de su manoletina roja de piel de cocodrilo.
—¡Lo que me faltaba! —exclamó—. ¡Mis Dior recién estrenadas!
Había ayunado cinco días para comprárselas. Y le había diseñado una decena de ojales a su compañera Laura.
Vale, ya lo he pillado, ésta no es mi noche. Me voy a ir a la cama antes de que las palabras «reina de las bobas» queden impresas en mi frente. ¿Qué fue lo que me dijo? ¿Vas a ir a casa de Sybil Garson este sábado? Va a ser una fiesta alucinante. Podríamos quedar allí. Ella había aparentado indiferencia, pero había tomado nota de la fecha y de su expresión. Quedar significaba volver juntos, del brazo. Valía la pena pensárselo. Había estado a punto de contestar ¿vas solo o con la Peste? Pero se había contenido a tiempo —lo más importante era no admitir la existencia de Charlotte Bradsburry, ignorarla, ignorarla— y había empezado a tramar la forma de hacer que la invitaran. Sybil Garson, icono de la prensa del corazón, inglesa de alta cuna, elegante por naturaleza, arrogante por naturaleza, que no invitaba a su casa a ninguna criatura extranjera —y menos aún francesa— a no ser que se llamase Charlotte Gainsbourg, Juliette Binoche o llevase colgado del brazo al fabuloso Johnny Depp. Yo, Hortense Cortès, plebeya, desconocida, pobre y francesa, no tengo la más mínima oportunidad. A no ser que me enfunde el delantal blanco de hacer horas extras y me ponga a repartir salchichas. ¡Antes muerta!

Las ardillas de Central Park están tristes los lunes
Katherine Pancol

El vals lento de las tortugas

PRIMERA PARTE

Vengo a buscar un paquete —declaró Joséphine Cortès acercándose a la ventanilla de la oficina de correos, en la calle Longchamp del distrito dieciséis de París.
—¿Francia o extranjero?
—No lo sé.
—¿A nombre de quién?
—Joséphine Cortès… C.O.R.T.È.S…
—¿Tiene usted el aviso de llegada?
Joséphine Cortès le tendió el impreso amarillo de entrega.
—¿Documento de identidad? —preguntó con tono cansino la empleada, una rubia teñida con un cutis cenizo que parpadeaba en el vacío.
Joséphine sacó su carné de identidad y lo colocó bajo la mirada de la encargada, que había entablado una conversación sobre un nuevo régimen a base de col lombarda y rábano negro con una compañera. La empleada cogió el carné, levantó una nalga y después la otra y bajó del taburete masajeándose los riñones.
Fue balanceándose hacia un pasillo y desapareció. La minutera negra avanzaba sobre el cuadrante blanco del reloj de pared. Joséphine sonrió abochornada a la cola que se formaba tras ella.
No es culpa mía si han enviado mi paquete a un sitio donde no lo encuentran, parecía excusarse ella encorvando la espalda. No es culpa mía si ha pasado por Courbevoie antes de llegar aquí. Y sobre todo, ¿de dónde puede venir? ¿De Shirley quizás, desde Inglaterra? Pero ella conoce mi nueva dirección. No sería extraño que fuese cosa de Shirley, que le enviara ese famoso té que compra en Fortnum & Mason, un pudín y calcetines gruesos, para poder trabajar sin tener frío en los pies. Shirley dice siempre que no existe el amor sino los detalles de amor. El amor sin los detalles, añade, es el mar sin la sal, los caracoles de mar sin mayonesa, una flor sin pétalos. Echaba de menos a Shirley. Se había ido a vivir a Londres con su hijo, Gary.
La empleada volvió sosteniendo un paquete del tamaño de una caja de zapatos.
—¿Colecciona usted sellos? —preguntó a Joséphine encaramándose al taburete que chirrió bajo su peso.
—No…
—Yo sí. ¡Y puedo decirle que éstos son magníficos!
Los contempló parpadeando, después le tendió el paquete a Joséphine, que descifró su nombre y su antigua dirección en Courbevoie en el papel rudimentario que servía de embalaje. El lazo, igual de tosco, tenía las puntas deshilachadas formando una guirnalda de pompones sucios, a fuerza de haber pasado mucho tiempo en los estantes de correos.
—Como usted se ha mudado, no lo localizaba. Viene de lejos. De Kenya. ¡Ha hecho un largo viaje! Y usted también…
Lo había dicho en tono sarcástico y Joséphine se ruborizó. Balbuceó una excusa inaudible. Si se había mudado, no era porque ya no apreciara su extrarradio, oh, no, le gustaba Courbevoie, su antiguo barrio, su piso, el balcón con el pasamanos oxidado y, para ser sincera, no le gustaba nada su nueva dirección, allí se sentía extranjera, desplazada. No, si se había mudado, era por culpa de su hija mayor, Hortense, que ya no soportaba vivir en las afueras. Y cuando a Hortense se le metía una idea en la cabeza, no te quedaba otro remedio que llevarla a cabo, porque si no te fulminaba con su desprecio. Gracias al dinero que Joséphine había ganado con los derechos de autor de su novela, Una reina tan humilde, y a un importante préstamo bancario, había podido comprar un hermoso piso en un buen barrio. Avenida Raphaël, cerca de la Muette. Al final de la calle de Passy y de sus tiendas de lujo, junto al Bois de Boulogne. Mitad ciudad, mitad campo, había subrayado, con énfasis, el hombre de la agencia inmobiliaria. Hortense se había lanzado al cuello de Joséphine, «¡gracias, mamaíta, gracias a ti, voy a revivir, me voy a convertir en una auténtica parisina!».
—Si fuera por mí, me habría quedado en Courbevoie —murmuró Joséphine confusa, notando cómo le ardían las puntas de las orejas enrojecidas.
Esto es nuevo, antes no me ruborizaba por cualquier tontería. Antes estaba en mi sitio. Aunque no siempre me sintiera cómoda, era mi sitio.
—En fin…, ¿se queda con los sellos?
—Es que tengo miedo de estropear el paquete si los corto…
—No importa, ¡déjelo correr!
—Se los traeré, si quiere.
—¡Ya le digo que no tiene importancia! Lo decía por decir, porque me han parecido bonitos a simple vista…, ¡pero ya me he olvidado de ellos!
Miró a la siguiente persona de la cola e ignoró ostensiblemente a Joséphine que volvió a guardar el carné de identidad en el bolso, antes de ceder el sitio y dejar la oficina.
Joséphine Cortès era tímida, a diferencia de su madre y de su hermana, que se hacían querer o imponían su autoridad con una mirada, con una sonrisa. Ella tenía una forma de pasar desapercibida, de pedir perdón por estar ahí, que la llevaba al extremo de tartamudear o enrojecer. Por un momento había creído que el éxito iba a ayudarle a tener confianza en sí misma. Su novela, Una reina tan humilde, seguía encabezando las listas de ventas más de un año después de su publicación. El dinero no le había aportado ninguna confianza. Incluso había terminado odiándolo. Había cambiado su vida, sus relaciones con los demás. La única cosa que no ha cambiado es la relación conmigo misma, suspiró, buscando con la mirada una cafetería donde poder sentarse y abrir el misterioso paquete.
Tiene que existir algún medio de ignorar ese dinero. El dinero elimina la angustia ante la amenaza del día de mañana, pero en cuanto se amontona, se convierte en un incordio agobiante. ¿Dónde invertirlo? ¿A qué tipo de interés? ¿Quién va a administrarlo? Yo seguro que no, admitió Joséphine mientras cruzaba por el paso de cebra y esquivaba una moto por los pelos. Le había pedido a su banquero, el señor Faugeron, que lo guardase en su cuenta y le entregase una suma cada mes, una suma que ella juzgaba suficiente para vivir, pagar los impuestos, comprarse un coche nuevo y cubrir los gastos de escolarización y del día a día de Hortense en Londres. Hortense sabía utilizar el dinero. A ella con toda seguridad no le produciría vértigo recibir los extractos bancarios. Joséphine se había resignado: su hija mayor, a los diecisiete años y medio, se desenvolvía mejor que ella, a los cuarenta y tres.

 

El vals lento de las tortugas
Katherine Pancol

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